22/06/2016
por Esteban Peicovich
1 Comentario

Borges, el palabrista/1

Conocí a Borges cuando él tenía 53 años (y yo 23). Mi pueblo (Berisso) me encomendó  invitarlo a dar una charla. Abrumado por lo que sentía “tamaña” misión llegué a la calle México donde él dirigía la Biblioteca Nacional y solicité verlo.

Me escuchó y sin ánimo de broma, dudó:

–¿Berisso?¿Ese pueblo existe?

Ofrecí pruebas verbales y aceptó. Fue sábado glorioso aquel de septiembre de 1953 en que lo esperé en La Plata. Borges todavía veía y descendió ágil del tren. Traía del brazo un junco de altos remos: a Cecilia Ingenieros, bailarina (un pre boceto de Pina Bauch) que lo asistía como amante o secretaria o chaperona o lo que fuera. Ambos reían jugando con frases crípticas que a mi (muy verde aun)  me sonaban a sánscrito.

Trencito a Machu Pichu 1982 copia

Continuar leyendo →

18/05/2016
por Esteban Peicovich
2 Comentarios

Hay lo que hay

¡Vaya año! Pasan los días como flechas y entre prueba y error, achique y grieta, marcan a fuego al saltimbanqui 2016. ¿Cómo se lo recordará? ¿Cómo el año en que dimos en la tecla o como el año en que caímos en la banquina? ¿Y por qué no como el año en que supimos que tampoco los padres eran los reyes? ¿Quiénes, de aquí en más, se ocuparán en serio del nosotros más frágil? Los ministros M abruman repitiendo que su fórmula es segura. Los náufragos K aplican sus neuronas a fogonear fracaso. Ni tan Peña ni tan Forster. Todo está por verse. La esperanza camina despacito y el cambio también. Son pocos los países que eligen suicidarse. Menos todavía los que bordean una módica felicidad. Los más languidecen, se indignan un rato y vuelven a flaquear. Dejan que la historia les pase por encima y suceda a los ponchazos. Que salga pato o gallareta. Como aquí.VidaMia (187) .jpg Continuar leyendo →

21/03/2016
por Esteban Peicovich
1 Comentario

A la gran Carrió

Hace algo más de diez veranos, en la bahía uruguaya de Portezuelo, fui sorprendido por una imagen que me hizo muy feliz. Atraído por la línea de separación de cielo y agua me dio por flipar en un súbito juicio final que pusiera en vereda a Caín y en recreo al Abel. Que en ese mismo instante de mi paseo emergiera, por caso, un gigantón Cristo de veinte metros con la misión de resolver el mayor y más viejo entripado de la especie.

Pero no. No fue Cristo lo que apareció. Lo que surgía del mar tenía tetas. ¿Una deidad homérica? Proclive a imaginerías como soy ajusté mi zoom para salir de dudas y entré en otra. Tan extraña que lo primero que atiné fue a pasar la primicia a mi mecenas:

–¿Ves eso que asoma entre las olas, lo ves? ¿No es el Busto de la República? ¿El del Salón Blanco? Continuar leyendo →