La laudista de Zhengzhou.

Que sea de carne a temperatura de 36 grados, única hija y en su intimidad nocturna chinita que fantasea con Robbie Williams, sólo puede ocurrírsele a un decadente escriba occidental. Que sea muñeca de la más alta porcelana china llevada al borde mismo de la realidad (hasta tal punto que el laúd le responde y suena), una sublimada versión de algún poeta desesperado por tenerla sólo ante los ojos y no en los brazos. Que la belleza prevalece sobre el tiempo lo prueba esta foto. Aclaremos: la muchacha de esta foto. Sus dedos bailan sobre las cuerdas, pero la música se le escucha en la cara. Bien merecería que le regalaran flores cada día hasta los de su vejez. Eso, si llega a la decrepitud, que ante belleza tanta, queda la duda. Y los enigmas y motivos de asombro de esta imagen: esta tañedora tiene 20 años; el kin de 25 cuerdas alrededor de 9000 años (sic); la máquina del fotógrafo Claro Cortez, de Reuters, un año. Los tres han coincidido en el Museo de Zhengzhou. Y ahora también usted, ¿o acaso tras ver esta imagen puede alguien preferir quedarse en la habitación del mundo para tolerar la cara de yeso de Annán, la insolencia de los poderosos y las gansadas que dispara la tevé?Toda fotografía es texto. Provoca mirar y también el deseo de “leerla”. Y de escribir sobre ella. De dónde con algo de sabiduría, 10 citas de semiólogos de nota y algunas frases oscuras, podría nacer un libro que sentara una teoría distinta de la aceptada. Por ejemplo, la de que la fotografía no es más que un cofre repleto de palabras. Una, mil, un millón. Como un diccionario. Y que no es cierto que una imagen valga más que tantas palabras, sino que ella no es más que la hija visual de la palabra que la mente identifica, clasifica y revela.Asunto demasiado espeso y falto de delicadeza ante la tañedora que teje y desteje música con dedos de marfil, como Penélope, sus versos. Sucede que es tan sugerente y real que también es posible escucharla a través del papel de un periódico. Prueben y comprobarán. Es un instante. Se trata de mirarla fijo. Habrá prueba inmediata: de nuestro costado comenzarán a huir los mafiosos dragones occidentales que nos pisan la vida. “Hacemos arte para no morir de la verdad”, decía Nietszche. Esta imagen lo corrobora. ¿Tendría sentido la realidad sin la presencia de la chinita sobre el antiquísimo laúd? Toda fotografía contiene cierto grado de compasión por quien la mira. Ilusiona a quien se le asoma, lo rapta, lo desprende de lo cotidiano espantoso y le propone un viaje, un acertijo, una maravilla. Tal fue el misterio que nació del acto pintar primero dinosaurios, luego manos, bueyes, espadas, dioses, cruces, papas, reyes, dictadores, para luego ir más allá, hasta escribir con luz y atrapar al tiempo. Tal es la sutil aventura que suma la fotografía a la brusca peripecia del hombre. Serenarle el andar atrapando a gusto su presente absoluto. Esta captura lo libera. En los albores de esta utopía hubo buscadores sublimes. Uno se llamó Boscawen Ibbetson. Durante meses expuso a la luz solar variadas hojas vegetales estiradas sobre papel blanco. Estaba seguro de que era posible atrapar el milagro y “crear” su propia botánica. En 1840 publicó esas imágenes con título de sobrada humildad: El primer libro impreso por el sol.
Pero regresemos a la tañedora de Zhengzhou. Esta es la muchacha que yo querría casar con alguno de mis hijos. Pero ocurre que están todos casados. Veré si consigo que se haga el milagro con alguno de mis nietos. Será mi preferida. Y cuando cumpla 80, ella tocará sólo para mí.
Esteban Peicovich


El 30 Aug a las 10:07 pm
Como NO COMMETS? Es que nadie te contesta o es un código que desconozco por ser una mujer que escribe novelas por donde pasa la vida como una mano oriental que pulsa las cuerdas de tu laud, de tu fantasía masculina que no quiere dejar de oír la música mientras espera la muerte que también es hembra y ya vamos tres
El 30 Aug a las 10:14 pm
Hace un momento te escribí, tu tienes tu blog y yo el mío…te interesa leerme? Celia