Una ninfa que apechuga
Una mujer siempre da sorpresas. Aunque sea de mármol. Venía rodando el corazón y otros asuntos por la plaza San Martín cuando la vi tal como usted la ve. Salida de si, en pleno trajín, ganándose la vida. Un milagro de esos que son para ponerse a llorar (digamos, muy argentino). Y vaya en que lugar: justo en la curva que da a Florida donde un Esteban Echeverría melancólico parece intuir lo que acabaríamos de hacer con el país. “Tal vez ni las ninfas se salven�? pudiera estar diciéndose en aquel, su 1837, mientras palomas 2007 lo sobrevuelan, se posan y parten de su cabeza. A sus pies el nervioso peatonaje posmoderno y a escasos metros (en escena que es mejor que Echeverría nunca vea) una náyade encadenada a un destino terrestre. Doble drama. Primero, expulsada de la mitología. Después, del urbanismo. Lástima.
Tras los segundos que duró el relámpago desestimé esta antojadiza versión personal. No era posible. La atribuí a esa temblorosa imaginería que asalta a quienes gozan de una incierta edad. Aunque también puede ocurrir (esto lo pensaba mientras completaba mi primera vuelta a la plaza) que un milagro se active solo para uno y quede desactivado para otros. En fin, o estaba loco o había visto a una estatua que se había cruzado hacia el lado humano del cuento y normal y decidida la apechugaba con la vida como el que más. O la que más. Fue al pasar por segunda vez cuando ya recibí el sacudón entero de su imagen y debí entrar a pensármela otra vez. Para vergüenza ajena (y propia) ella era de algún modo cierta (y el temor de Esteban Echeverría también) Sin advertirlo ninguno de los paseantes, la ninfa proseguía recogiendo lo más próximo a su mano. No mucho, por su natural limitación de movimientos. Y dada la lentitud de sus gestos su recolección era casi imperceptible. Ni el botones del Plaza (así me dijo) había reparado en ella.
Ya más espabilado, fuera del efecto de sortilegio que me produjo encontrarla, conseguí que me dejara fotografiarla. Y así fue como me enteré que la pulposa muchacha mítica había llegado al lugar como una “Ofrenda de Residentes Catalanes�? y que era casi de mi edad: 1931. En el tiempo que permanecí a su lado (y así podrán comprobarlo Telerman y quienes deseen acercársele) ella se mantuvo sin mover un dedo. Es probable que al costo de un esfuerzo extraordinario disimulado de un modo que al menos a mi me resultó estremecedor. Pero mucho más, el descubrirle lágrimas negras (sic) que el paso del tiempo y el abandono de Parques y Jardines le fueron dejando prendidas (casi cristalizadas) a sus ojos. Su cuerpo no muestra su original mármol blanco pues quedó agrisado por la falta de atención y una verdosa capa de moho. Por donde se la mire, la situación de la ninfa es de las más tristes entre las estatuas del país. No solo permanece anónima sino que le fue quitado el sentido a su presencia en el parque. El caño que la abastecía de agua desapareció y el pilón de la fuente y el cuenco que ella sostiene (cuando no se dedica a ganarse la vida como lo constata la foto) están rotos. Pasen y vean.
Sí, no es fácil fijar el turno que le correspondería a nuestra ninfa en la infinita cola de espera de la atención nacional. Pero no está mal hacerle alguna prensa a favor. Aunque solo sea para evitar que Echeverría se entere de que al intuir mal intuyó bien y que las ninfas de sus versos la pasan como parias en manos de los paisanos que lo sucedieron en su patria. ¿Y si la ninfa en desdicha no fuera más que una metáfora de la patria que él soñó? Nunca se sabe. Ningún símbolo es exótico. La ninfa cartonera tampoco. Al menos a mi me pareció tan parienta como alguna de mis parientas que no llegaron a cuajar en ninfas. Será por eso que cuando la ví me dio vuelta la cabeza asaltado por el temor de que se me fuera de la fotografía. Emoción que aun me dura. Es que de joven leía que en Grecia pasaban cosas así entre mortales y diosas. Agradezco me haya sucedido. Conocer a una mujer siempre es una fiesta. Aunque sea de mármol.
Esteban Peicovich
(Foto del autor)


