De un oyente
Esteban: pucha que me abriste mundos con los palabristas: cuando sentía llegar la música de Scherezade y tu voz iba creando de a poco el clima propicio,; cuando las estridencias del día se apagaban por fin y surgía el nocturno espacio abierto donde vos acompañabas, como en un oleaje, los vaivenes de las cuerdas con los infaltables y precisos monólogos sobre la orfebrería del cuento y el nadador de fondo, yo pegaba la oreja a la medianoche. Era como si de pronto le hubiesen salido antenas a la imaginación y ella buscara los secretos arracimados en las vibraciones del aire. Y escuchaba por primera vez a Amancio Prada con la sabiduría de su tristeza que nos ayuda a vivir: “sólo de lo negado canta el hombre”, sólo de lo perdido”; y llegaba el estudioso Cordero para desmistificar la oposición entre Heráclito y Parménides; Ariel Schettini mencionaba a los formalistas rusos, que para mí eran tan conocidos como la selección de futbol de Cuba, y clavaba en mí la inquietud: ¿cómo se diferencia el lenguaje poético del prosaico? (después me tocó como brillante profesor en la facultad); y ese artículo sobre la necesidad que tenemos de una verdadera emancipación del imperialismo, escrito por una socióloga mexicana de apellido trabalenguas, me ponía en alerta sobre los males de una dominación cultural tan sutil como penetrante; la magnética voz de Dylan Thomas decía que la muerte no tendrá dominio y me llevaba a descubrir el bosque de leche; un viajero español traía el misterio de Oriente en una larga conversación; Mercedes Roffé transmitía su entusiasmo; y tantas noches…Pero más que el conocimiento de un poeta, un libro, un pensamiento, aprendí que la intimidad de la palabra también puede sembrarse en los otros.
No era un monólogo lo de entonces, ni lo es ahora, porque quien da su palabra la recibe multiplicada. Y hoy que no está la radio, el podcast ( La Fonola) nos comunica, que no es poco.
Brindo por correo electrónico, Esteban, que todavía habemos locos: en Argentina, ojalá también en España.
Carlos García

