La porteñería al palo

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 Es casi dibujando que Homero comienza la Ilíada diciendo aquello de “los rosados dedos de la aurora…” Pero no hay literatura en esta foto. Hay polémica. Sexuada o  tántrica o  “Ay chicos, tápensé los ojos”, es  una imagen atractiva. Dedo no es: remata en  pezón. Cohete tampoco: concluye en biberón. Es lo que es. Impacta porque visualiza un tabú. Atrae porque sacude la rutina del paisaje. Que sus autores sostengan que los movió sumar conciencia  a la lucha contra el Sida,  es tema de simposio. Lo que a Freud le parecería es que a los creadores de esta mega cosa los debió impulsar una mega ansiedad. Y se dieron el gusto. Por un rato, el Obelisco fue suyo. Todo suyo.

Gracias al genio infantil del gobierno porteño y al apoyo comercial de un yuppie pícaro, durante 24 horas la porteñería vió revelársele otra imagen secreta del Obelisco. No solo sucede con él. No pasa día sin que se descubra que lo que tomamos como tal es otra cosa, sin que nadie remedie el flagrante cambiazo. Puestos a enumerar pocos podrían afirmar que desde la Casa de Gobierno se gobierne, en el Parlamento se parlamente o en el Palacio de Justicia se  justicie. Este hábito de divorciar fondo y forma tiene en la arquitectura porteña su ejemplo más desopilante e hipnótico en el Palacio de Aguas Corrientes, de la avenida Córdoba. Turista que pregunta, turista que entra en pasmo y lanza un “¡My God!”

Nosotros no. Vemos normal que cualquiera vaya, fije domicilio en el Obelisco, plante carpa y nada pase. Respeto no impone. Primero, porque es exótico (sus genes son egipcios). Segundo, porque no es pieza genuina como la que Napoleón le regaló a París. Y tercero (y aquí está la madre del borrego) porque le asignaron simbolizar aquel paraíso terrenal que había a su alrededor sorprendiendo al mundo y hoy no hay quien sepa como diablos fue que tal paraíso se esfumó.

Que el Monumento a la República sirva tanto de mingitorio para barras bravas del campeón de turno, como  argolla para cable tensado de funámbulo, soporte para árbol de Navidad o escenario de escraches, bailantas y peleas, prueba que tiene problemas de identidad. Que está al albur del primer okupa que guste de él. Otra reacción despertaría el Obelisco de ser símbolo cierto de una real República vigente y genuina como lo era en el momento en que se lo alzó para celebrar al país.

El rosado socotroco quedó expuesto 20 horas. La primera porteñería en desparramarse por el centro no entendía nada. Los aún adormilados lo asociaron a una fantasía nocturna (propia o del Obelisco). Pasados unos minutos los más avispados competían por ver quien tenía el chiste más largo.  Sobre el mediodía, la picaresca oral daba para varios tomos. Quienes se acercaron al pie del Condón más Grande del Mundo (argentino, of course) comprobaron que el asunto tenía sponsor confeso. Y una radio concreta. Lo oficial es que la dupla Telerman-Hadad quiso manifestar lo sensible que es ante el flagelo del Sida. No otra intención los llevó enrrollarse al tótem nacional para desde allí, como Tarzanes sanitarios de plástico, pegar grititos de alarma.

Lo bizarro del mensaje amplificado (67 metros) perturbó bisabuelas, turbó abuelas y entretuvo nietas. Pero no fue más que una pifiada posmoderna más. Inocua. Fruto tardío de la estética yuppie nacida y malcriada bajo el menemismo. La que recicló el bíblico calefón en “pizza con champán” y hoy supone que deslumbra poniéndole un condón al Obelisco.

Las quejas que levantó el rosado Obelisco amoroso provocó la indignación de los policías espirituales que persiguen los crímenes que tienen lugar de la cintura para abajo. Por tozudo  misterio consideran a éstos más graves que los que tienen su devastadora usina encima de ella. En el balero. En la cabeza. No, la del Obelisco, no. En la nuestra.

 

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