Un hombre sin hombre

O es una foto “a lo Magritte”. O es el inicio de un cuento de Gogol. O es el vodka. Cualquiera sea su origen, esta imagen merece un simposio. Son tantas las preguntas que provoca que su respuesta (si la tiene) debería ocultarse para no violar la sucesiva maravilla que dispensa. Pues aquí (hágase una encuesta y se verá) la belleza es más que la verdad. Confieso que más que conocer el porqué de esta noticia gráfica me solaza ignorarlo. Y todavía más, perseguir (aunque fuera para siempre y sin resultado alguno) su explicación real. Es que ante el menú de “ropa vieja” que nos sirve el mundo solo humaniza lo inclasificable. Trébol de cuatro hojas. Cholpa tricolor de Evo Morales. Peatón sin cabeza en Moscú. Eso es noticia. Si algo renueva la pasión del oficio (en quien informa y en quien lee) es la celebración de lo extraordinario.
Y aquí lo extraordinario es que hace 31 grados bajo cero. Que hay rusos que se untan la cara con grasa de foca. Que siendo la fiesta cristiana ortodoxa de la Epifanía hay creyentes que se juegan la vida entrando en las aguas heladas para orar unos segundos, persignarse y “resucitar”. Que en los zoológicos le sirven vino tres veces al día a los monos para que puedan sobrevivir. Es el siberiano invierno de 2006. Fatal. Hasta las bellísimas cebollas de la catedral de San Basilio parecen temblar (opacas) bajo un cielo de plomo. Es la hora de la primera misa o de ninguna. No hay reloj en el aire. Lo gélido es intemporal. Y es en este paisaje que solo se mueve la presunta pierna izquierda del peatón negro sin cabeza que avanza por la explanada hacia la misa o la oficina. ¿A dónde va solo y sin cabeza?.
Esta foto provoca fantasmagorías y ganas de sentarse a leerla como si fuera un libro. Libro que abrimos en esta única página que nos mira. Desconocemos el antes. También su después. Para gloria del arte fotográfico, este hombre, por lo siglos de los siglos, seguirá así, caminando sin cabeza. Aceptado eso, queda el juego. Si damos a seguirlo paso a paso acabamos convertidos en un moscovita. Cada cual elige el suyo. Para mi trabaja en el Kremlin (que queda a pocos metros) Que es funcionario de poca monta (va al trabajo a pie) y que como hace este frío de mil siberias, antes de cruzar la plaza se aclimató el alma y el cuerpo con una vodka, y otra, y otra…
Que produce efecto tan mágico como el mirar muchas veces esta foto: acaba uno “haciéndose” el hombre que (en apariencia) no está en la foto. Cristiana virtud (la preocupación por el otro) que aquí no alcanza, como tampoco el vodka. Y ya dispuestos, abrimos la puerta. Cuando salió (quien estuvo a 20 grados bajo cero sin gorra de piel lo sabe) la cabeza entró retumbarle como el bombo de Tula. Ni Napoleón, ni Hitler, ni estos vapores de vodka pueden contra un clima que no es de este universo.
Tras dar unos pasos el hombrecito se da cuenta que tal como va no llega. Puede, como se dio en decir, que alzó su saco y se vistió de percha de si mismo. Pero es demasiado obvio. A mi me va otra más íntima (aunque kafkiana) ¿Y si para preservar su cabeza hace lo que visualmente es lo más obvio: se la saca delicadamente y pone la cabeza en el portafolio. No es fantasía Hay historia detrás. Conocida es la experiencia que desde siglos poseen los rusos en el arte de hacer con las cabezas lo que se quiera.
Lo que puede parecer un acto fantástico no es más que el ejercicio simbólico que practica la mayor parte de la humanidad. De no hacerlo ¿cómo puede creerse que podría sobrellevar cada ciudadano de este hosco mundo los embates de tantos males naturales y (sobre todo) aquellos que los funcionarios (lo dice Hamlet) les inflingen a diario?


El 12 Jan a las 8:26 pm
Simplemente hermoso.