Hay un mar para cada uno

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Desde antiguo tres básicos asuntos movilizan nuestra ansiedad: ganar el cielo, escapar del infierno y echarnos panza arriba ante al mar. Para soportar el peso de los dos primeros supimos diseñar un protocolo que apacigua y sienta bien: mitos, dioses, supersticiones y contralor de sustos varios. Es tanta la lejania de lo póstumo que no permite aproximación ni pacto alguno. Las fantásticas geografías del premio y del castigo quedan fuera del sistema solar. El mar, no. Es familiar. Lo tenemos a mano. El 66 por ciento del planeta está compuesto de agua. Y el 66 por ciento de nuestro cuerpo, también. El parentesco es íntimo. De la primera a la última célula se pasan el año pidiéndonos mar. Y él siempre alli, con su inmensa servidumbre. En nuestro caso, abanico de 3.000 kilómetros que aguardan generosos. Con regalos como éste que muestra la fotografía: la chapa de un buque (con ojo de buey sugerido) anclada en la arena de una playa vacía. Encontrada justo en el momento en que el sol abandona el almanaque de ese día. Wagneriano. En una postal cuasi nuclear por las nubes del séquito.

La vida da sorpresas. También el mar. Nuestra cita anual con él no acaba con la vuelta. Llegado el incómodo marzo lo traemos puesto junto con la segunda piel que nos regaló el sol. No es simple chapa y pintura. Es retozar otra vez en la cuna. Cumplido “el llamado del mar” se produce una reconversión. Partió un pelele. Regresa un dios. Todo por echarse 20 días frente al espejo de si mismo. El mar. Unico animal que sigue vivo desde la creación. Por eso es tan hipnótico. No nos llama cruzar el Sahara, las Salinas Grandes o Siberia. Viva uno en Bolivia, Tanganika o Chicago, sea levantador de pesas, pastor brasileño o limpiador de vidrios de altura, no será humano si no siente cada tanto el llamado del mar. Higiénico ejercicio de playa (más que cruzar palabras gastadas de explotar al dios Ra y al río Po) es descifrar, por ejemplo, la piedra roseta que nos sostiene la persona. Este rito requiere de arranque un bronceador. Pero solo como excusa. Enseguida vendrá la etapa de untarse “a si mismo”. La piel queda atrás y una serena mezcla de memoria, sueño y reflexión nos dorará por el revés, iluminando el fondo. El espectáculo que se nos revela puede dejarnos mudos. Será porque hay poca costumbre de ponerse “interior” con uno. Pero vaya el Oh gigante que estalla cuando comprobamos que había algo en ese dentro. Que éramos más que DNI, rol, legajo, cargo, matrícula. Que cohabitaba allí (y se nos presenta) un personaje digno de nuestra mayor simpatía y amistad. Con algunas facetas a corregir, seguro. Pero más recomendable que algunos humanos que acabaron coronados como santos siendo que (hasta su conversión) fueron diablitos de muy alto voltaje.

Cuando se le pregunta al Dalai Lama sobre diferencias entre orientales y occidentales, suele decir lo mismo : “Ustedes se ocupan más por lo exterior, el universo, los enigmas de la materia. Nosotros indagamos más el interior, lo pequeño, los cielos de adentro, lo que no se ve”. Y un Buda como él, aun algo posmoderno, puede ser escuchado también como muy sabio guia de turismo. Puede que a algunos esta convocatoria le suene “plomo” o a contrapelo de la moda andante. No importa. Quienes frenan nuestro encuentro con el mar debieran ser sancionados. ¿O acaso en mil recorridas por la ciudad puede uno encontrar un paisaje que nos regale una fotografía como ésta? Mantenernos fijos en inhóspitas ciudades conforma una figura penal : la sumatoria de escamoteo, secuestro y timo gigante. Mutantes chiches tecnológicos intentan que olvidemos que venimos del mar. Habrá que tenerlo más en cuenta. Así como “el camino que está en el mapa no es el camino”, el mar que colorea los mapas no es más que la réplica del insondable mar que nos bate dentro.

(Foto:E.Peicovich)

4 comentarios a “Hay un mar para cada uno”

  1. Stella Tiscornia dijo:

    Y ahora el tema es el mar y desde siempre es el agua.
    Del mar amniótico venimos como individuos y del mar oceánico filogenético, como especie.
    Tal vez en castigo por haber abandonado nuestro natural hábitat, las lágrimas son saladas como el mar.

    Nettuno para los romanos era un dios con una fortaleza enorme, tanto podía provocar calamidades como benevolencias marinas.
    Así es el hombre.
    Un día nace de ese mar madre Teresa de Calcuta y otro día Adolfo Hitler.

    Un placer leerlo Esteban, es tan necesario sentir que uno no es un raro bicho cuando ponemos el acento en algunas cuestiones y revaloramos esencialidades.

  2. Jane platano dijo:

    Leerlo, Ésteban, ha devuelto el MAR a esta alma mía.

    Gracias.

  3. skynet dijo:

    Intereante vision, una vuelta de tuerca de algo tan antiguo explicado en argentino.

    gracias

  4. Sursum dijo:

    Esteban:
    Desde que conocí el mar, me enamoré, apasioné y me juré tener una casa frente o cerca del mar.

    Y por uno de mis trabajos por el cual he viajado por toda América Latina, he tenido la posibilidad de ver los diferentes mares y todos son igual de cautivantes, en colores, belleza, bravura, infinitud…

    Debe ser, como bien dices, querido Esteban (permííteme tutearte por favor) que la causa es que somos agua en gran parte.

    En breve, me estoy yendo a visitar unos terrenos de mi abuelo materno en La Pedrera, Uruguay. Y se que me voy a volver a enamorar del mar.

    Y que tal vez siga siendo un pelele cuando vuelva, pero un pelele enamorado.

    Gracias por tu mar de palabras acerca del mar. Sursum Corda!

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