Una escena sin historia
La porteñería tiene 45.000 taxis que llevan (de media) 40 pasajeros por día. Veinte se zambullen urgidos, vigilan el trayecto por temor a ser pasados por el conductor y le dictan el itinerario que prefieren. Cinco entran a polemizar según sea de Boca o de River la banderita que cuelga sobre el volante, junto a la estampa de San Cayetano. Diez enmudecen hipnotizados por el safari urbano que muestra la ventanilla y al menos cinco son locutores de alma. Se sientan urgidos y antes de cantar destino le despachan al chofer un rollo que va de Dickens a Roberto Arlt. Puede tender a lo misterioso:
-¿Usted sabe que Menem tiene un hermano gemelo? Esto sólo lo sabemos tres personas. Usted será el cuarto. Escuche, no es cuento, en La Rioja…
O a lo sociológico:
-Ya, chofer, enseguida le digo adónde vamos, porque es de no creer lo que acabo de escuchar. Me puse a conversar en el café con un turista egipcio que trabajó en Barcelona un año. Y, dato va, dato viene, me cuenta que tiene cuatro esposas en El Cairo y me preguntó cuántas teníamos aquí. Cuando le dije que una sola, alzó los brazos y se entusiasmó tanto que entró a gritar: “¡Es formidable! ¡Los argentinos sí que tienen suerte!” ¿Qué le parece, chofer? ¿Es muy loco, no?
Estas son apenas semillas de historias. Elegidas y desplegadas pueden formar un libro por día. Con que cada pasajero les cuente una historia para recordar, al fin del día hay 225.000 relatos que anduvieron zumbando por ahí. De poder reunirlos y podarlos (hay que sacar lo banal, el relato grosero, las fábulas amatorias de lo telos y lo que aportan los mitómanos) se consigue una cosecha de un relato por día y por taxi. Lo que da 45.000. Editando a morir (esto es, sin piedad) quedan unos 10.000. Y si uno los tacha a lo Chéjov , queda la crema de 1000 microrrelatos, que seguro reflejan mejor a Buenos Aires y los argentinos que todas las crónicas que repiten los telediarios.
Con la fotografía es distinto. Las mil palabras que aseguran algunos que vale cada una se reducen a una imagen que a veces dice todo en un golpe de vista y otras obliga al ojo a quedarse un rato sobrevolándole el sentido. Porque hay fotos como nueces: hay que abrirlas de a poco para dar con su fruto. Otras, en cambio, son tan abiertas que su significado se escapa invisible. Esta que tomé en Almagro, por ejemplo, me atrajo sin que cuando me detuve ni cuando me retiré (unos cinco minutos) supiera con seguridad dónde estaba el centro de su significación. Una postal ambigua: un joven desocupado atendiendo la necesidad de las palomas de la calle. Una muestra de solidaridad no común. Por lo general, a las palomas las alimentan en las plazas los turistas y los niños en paseo. La serena dedicación del joven desprendía emociones distintas en los peatones. Unos se detenían. Otros lo miraban de reojo. Algunos sonreían. Y todos partían sacando su propia conclusión del mínimo acontecimiento que llamó su atención mientras transitaban metidos en sus asuntos por la vereda de Angel Gallardo, entre Pringles y Yatay.
No es nada extraordinario lo que hace el joven. Llega con una bolsa con panes secos que él mismo corta en trozos pequeños sobre un banco. Ya con su ración lista sale en busca de las palomas que andan sueltas y las alimenta de a una. No habla con nadie. Se mueve lento, como si recorriera un camino, no una vereda, y cuando encuentra una paloma se detiene y la atiende. No más que esto. Aunque pudiera ser que fuera mucho más. Que lo hace así para decirnos que no es con monedas al paso , sino con actos como deberíamos ayudarnos, cada día, los unos a los otros.


El 19 Mar a las 1:09 am
Una Imagen es objetiva a los ojos…, subjetiva al alma, es verdad.
Quizás esta escena sea la misma visualmente para todos, pero posee un significado único en cada uno de los que puedan observarla, al menos como vos, durante cinco minutos.
Ambigüedades como bien dices, que nos obligan a tener que parar, a tener que pensar y desglosar varias realidades para luego deglutirla como una.
Este joven es uno de los tantos indigentes que hoy tenemos en nuestro país.
Este joven debe tener el mismo deseo que cualquiera de nosotros, de cuidar de alguien, ser dueño de algo, amar a alguien, que lo amen, que lo necesiten, que alguien espere ansiosamente su llegada, llevar el alimento a su casa, llegar aunque sea a un lugar que pueda llamarse hogar y encontrarse con quienes lo esperan, lo necesitan, lo miran, lo rodean y le agradecen, y lo despiden para volver a verlo llegar todos los días….
Ese es su camino a casa, no es una simple vereda, por supuesto.
Lo que hace este joven es compensar su falta de amor, de familia, de hogar, de necesidad de ser amado y esperado día a día, de inserción en una sociedad que lo excluye diariamente, por eso no habla con nadie, es que no hay nada para decir, frente a este acto tan claro como el agua misma.
Valeria.
El 19 Mar a las 1:47 am
Que cosa eh ?
Yo no vi la paloma ni el pan.
Vi un débil hombre y atrás, una niña parecida a mí, cuando niña, caminando.
Y vi una reja roja.
No vemos todos lo mismo.
Vi un hombre, vi una niña y vi una reja.
Tampoco el hombre me pareció joven, la miseria no tiene juventud, siempre es vieja.
No vi la paz ni el alimento del cuerpo.
El 19 Mar a las 10:58 pm
Esteban: Ya Valeria dijo mucho de lo que iba a comentar yo. Me gustaría agregar que tal vez él no puede dar fe de que a las palomas las alimentan los turistas, porque sabe que a él no lo han alimentado, él no se ha alimentado y opta por evitar, desde donde puede y a quien puede, el desamparo, en este caso las palomas.