Icaro a 200 por hora

Los mitos son a los grandes lo que los cuentos a los chicos. Así fue en Grecia. Hoy, con las fábricas de mitos cerradas, la ilusión de la gente, se abastece de “cuentos”. O, mejor llamados, decretos. Pese a su aridez estos desolados embelecos siguen siendo consumidos por la mayoría de la gente. Por caso, “sufragio diáfano”, “redistribución del ingreso” y “justicia para todos”. Jeroglíficos inhumanos que a ningún griego antiguo le moverían un pelo. Primero, por su grosería y ausencia de argumento. No es que ellos no padecieran parecidos dramas cotidianos. La diferencia residía en su estilo para vivir. Les sobraba imaginación para envolver (y mitigar) sus llagas con símbolos de altísima belleza. Peripecias míticas como las de Prometeo, Sísifo y otros, reflejaban la impotencia del destino. También algunas de las represalias del mandamás dios Zeus si algún humano se atrevía a pisarle el jardín. Los de prometeo y Sísifo son mitos gruesos, mayores, de fondo y mantienen su trágica actualidad. Otros, también de la cantera griega, son románticos y más al alcance de la mano del hombre. Muestran que si bien soñar cuesta (mucho, no nada) a veces se consuman por entusiasmo y voluntad convirtiendo al hombre sino en un dios, al menos en un héroe, por lo general trágico.
Es el caso de Icaro. Debe escapar con su padre del laberinto de Creta y solo puede hacerlo por el aire. Ante la idea de construir alas para ambos Icaro las prepara con tela de lino, plumas y cera de panales de abejas. Y se echan al abismo a la vez. Dédalo aconseja a su hijo mantener una altura media. De no hacerlo, puede hundirse en el mar o ver sus alas derretidas por el calor del sol. La insólita tecnología resulta pero al rato Icaro, deslumbrado por el trino de los pájaros y el azul del firmamento entra a hacer cabriolas. Es muy sabido como fue que terminó. Mucho menos se recuerda el formidable éxito de su fracaso. De tal magnitud que su mito opacó al del padre, cruzó los siglos hasta acabar como leyenda matriz de la aviación. No pasó lo mismo con Dédalo, quien (tras alcanzar a ver las alas de Icaro flotando en el mar) siempre cauteloso continuó viaje hasta conseguir aterrizar en Sicilia. Curioso bicho el hombre. Tomó el desastre de Icaro como incentivo de su sueño de viajar por los aires y no el de Dédalo que fue, si se quiere, el primer aviador mítico que tocó tierra sin rasguño. Queda para la moralina (no para la moral) reconvenir a Icaro por no haber hecho caso a su padre.
Ante esta atrapante imagen tomada de AFP sería injusto no recordar el aporte legendario de Icaro y su padre. Colega de aquellos griegos, el suizo Ives Rossy también decidió atarse “algo” en el cuerpo para intentar volar (no flotar) en solitario. Con más siglos en sus genes, la tecnología le permitió mejorar los elementos de sostén. También variaron el escenario y el punto de lanzamiento. Rossy adosó unas pequeñas alas que portaban cuatro motores a reacción y se lanzó desde un avión a 2.500 metros de altitud sobre Bex, al oeste de Suiza. Pese a arriesgarse como Icaro (dió varias vueltas a distintas alturas) aterrizó sano y salvo como Dédalo. Durante unos diez minutos voló a 200 kilómetros por hora dejando en el cielo una fina estela blanca causada por la propulsión. Si bien existen experiencias parecidas, ninguna hasta hoy logró la contundencia de los records obtenidos por este flamante pájaro human al que ya han bautizado como “el hombre-reactor” Habrá que aplaudirlo por más cosas que una. Su proeza arriba en momento de tal descalabro en el transporte mundial (en los medios que sea) que lleva a imaginar a este aparato como el seguro sucesor del automóvil. Es más cómodo y barato que el helicóptero. Llega en el momento en que el petróleo declina. Las ciudades colapsan y no las salva ni la bicicleta. La salida mejor, como siempre, es por arriba. Habrá que ir viendo que avenidas serán para ir y cuales para volver. Y quien vuela arriba y quien abajo. Maravilloso.

