Así se pinta el tango

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 Dura un siglo (y los que durará) la pareja caníbal que forman Buenos Aires y el tango. Inicio sórdido y procaz, en el que el sexo era uno, y no dos, como pedían las escrituras. Y apasionada salvación no bien la mujer ganó la pista. Un siglo desde aquellas ráfagas en los piringundines a esta orquesta juvenil de tango que un pincel plantó en la avenida Independencia casi Quintino Bocayuba. ¿Mural con mensaje? Lo cierto es que por gracia de su autor (o de mandinga) esta orquesta para algunos suena y los bailarines “sacan viruta” en serio. Sucede ( y está comprobado) que según sea la edad de quien pase junto al mural, escuchará la música o no. Basta situarse en la vereda de enfrente y pispear peatones. Algunos de los mayores que cruzan por allí tienen oído finísimo. En algún momento de esos 8 metros que se despliegan al costado, detendrán el paso para “ponerse a escuchar” lo que ven. De refilón (o de reojo) el duende del tiempo los lleva a contemplarse en la pintura. Deben ser miles los temas que se pueden escuchar pues el repertorio atiende el gusto de todos. Pareciera que a cada cual la orquestina le brinda el tango deseado. Y que cada uno, según se lo indique su nostalgia elige como propia la pareja que mejor lo contenga. Los jóvenes no se detienen. Pasan indiferentes. Como si la orquestina se replegara hasta enmudecer o como si un telón blanqueara a músicos y bailarines dejando a la pared en su intemperie 2008.

Desde este y otros cientos de murales que atesora, Buenos Aires expone lo que fue. O lo que es para los extranjeros que la visitan. En ellos el tango no decae. Este mural les confirma y sostiene las fantasías que los impulsaron a viajar. Un efecto de calidoscopio los lleva a sentir actual y propia una mitología del sur del mundo en donde sus nuevas generaciones mudaron de ídolos, ritmos y cadencias. Tan paradójico desencuentro (y a la vez fusión) como que mientras en la Argentina el rock nacional (¿?) desplazó al tango, en  países del este de Europa se lo vive como ritmo propio y actual. Así en Finlandia, donde lo bailan y cantan hasta en plazas y reaniman  semana a semana el cancionero pues consideran al tango una genuina pieza de su folklore. Eso sí, con arreglos autóctonos que crisparían a cualquier tanguero ortodoxo. En sus temas no hay ni sombra de la erótica del río de la Plata. Allí los tangos no bregan por el regreso de un amor sino porque se detenga la deforestación salvaje, haya más apoyo mundial a los protocolos de Kyoto o dejen de aniquilar a las ballenas. ¿En un tango? Sí. Allí la Musa no es Malena. Es Gaia.

Cuesta creer que el tango les motive asuntos tan lejanos de la ilusión y lo amatorio. Entre nosotros (al menos mientras su vigencia fue plena) nunca hubo boda entre la realidad y el tango. Solo rabia. Y pena. “Mezclao con Stavinsky, van Don Bosco y la Mignon, Don Chicho y Napoléon, Carnera y San Martín”. Así reza el himno de esta mayúscula confusión social que no deja de embargarnos y de la que el tango sigue siendo espejo.  Al menos para algunos seres de Buenos Aires (los que se detienen ante el “sonido” del mural) que celebran su cita con la nostalgia con la misma fidelidad que un paria indio practica su acatamiento o un napolitano su cinismo. Es en el tango donde todavía algunos millones de argentinos (porteños o no) encuentran su más querido cobijo: la nostalgia. Faltos de un presente donde alojar la ilusión y hastiados de desvivirse por diseñar (y no poder) una sociedad que los contenga, prefieren perderse por los andamios de los mitos que durante tantos años el tango alimentó. Por eso suelen escucharlo como quien echa un dado de azúcar en el café o un dado de ilusión en el destino. Quizás porque el tango no fue nunca una fiesta (como lo es para los finlandeses) sino una íntima música de réquiem. Es que lo suyo fue siempre recordar la pérdida. Lo que hay que llorar. Aquello que pasó, no lo que pasa. El “Qué grande ha sido nuestro amor y sin embargo ¡ay! mira lo que quedó”.

Un comentario a “Así se pinta el tango”

  1. juana dijo:

    dejarle mis más afectuosos saludos y abrazos.

    jane

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