Aquí falta la Cenicienta

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Solo Rainer  Jensen de EFE sabe si fue el deber o el deseo el que primero lo motivó a capturar estos pies. Si cumplir su oficio o porque un relámpago le trajo a la memoria los pies perdidos de una mujer que se le fue. Solo él lo sabe.  Hay mucha leyenda dando vuelta pero es poca la literatura del poder hipnótico que tiene sobre el hombre el pie de la mujer. Con las manos es otra historia. Tal vez influya la carga mítica de “las manos de mi madre” cristalizada en tangos y boleros. Los pies, en tanto, quizás porque andan por los suelos, no tienen mayor prensa. Salvo que de pronto, así, a quemarropa se nos aparezca un par de exposición como trae esta fotografía. Sueltos y solos. Agiles, en posición de vuelo, y como soporte de una misteriosa fémina cuya estatua esta toma decapitó. Aunque antes de delirar mejor será  cumplir con el trabajo (como hizo Rainer) que para eso pagan. Vayamos a la escasa información pedestre que trae la foto. Una mujer camina en Berlín con zapatos que diseñó para Boss el belga Bruno Pieters quien así busca marcar la tendencia primavera-verano 2009. Queda claro.

Pero escaso. Uno piensa que maravilla como ésta debe ser salvada del ámbito de la oferta mercantil. Todo hombre sabe que la mujer nace volátil (no voluble) y el belga acentuó esa condición dando un toque aéreo a los anónimos pies de la modelo. Confieso haber mirado hasta con lupa la sugerente pluma que embalsa al pie. Temí errar mi enfoque y fuera una rama. Pero es pluma. No natural: hecha en cuerina y recortada con tijera firme. No parece otra cosa. Reverbera, sí, un posible plagio. En una vieja película de James Bond su compañera de acción usaba calzado parecido. Y al sacar la pluma, le permitía ¡escribir! Su zapato escondía un telefonillo de urgencia. Aquí no hay artimañas sino poesía pura. Dan la impresión de aprestarse para el despegue. Uno teme que si deja de mirarlos alzan vuelo y se van.

No serían los únicos. Mercurio, el mensajero de la mitología romana resolvía la urgencia de los viajes de negocios encargados por el ceo Zeus mediante alas adosadas a sus sandalias. Tecnología simbólica pero bien que le servía para más cosas, como llevar de un humano a otro los sueños que repartía Morfeo. Mercurio (nombre derivado de “mercancía”) fue un copión del Hermes griego que en igual universo virtual cumplía misiones aéreas de la mayor importancia. Y ya en tierra, quien haya sido lector, a poco que recuerde “los rosados dedos de la aurora” se detendrá en Aquiles a quien Homero en la Ilíada señala como “el de los pies ligeros”, virtud que por más músculos que sacó Brad Pitt para encarnarlo en “Troya” no llegó a tanto. Pero no de hombres trata esta imagen aunque sea a los hombres a quienes más “ratones” despierta. Freud sabía porqué. Y todo varón (siempre que sea más sensible a los pies de Nicole Kidman que a los de Messi)  puede formular teoría propia no lejana de la teoría general.

En olvido, y casi siempre oculto, el pie lleva impreso en su planta el mapa de nuestro cuerpo y quien lo conozca puede aliviar dolores. Como símbolo erótico ocupa paginas estelares de la literatura. Desde el fetichismo del botín que apunta Vargas Llosa en su confeso amor por Emma Bovary al pie de la Cenicienta que por “tan diminuto” pudo calzar el zapatito de vidrio que el príncipe venía haciendo probar sin suerte. Los pies de la muchacha que pasea estos rojos zapatos llenan tanto la vista que deja de importar la identidad de la modelo que los calza. El fotógrafo belga debió (por imponerlo el producto y el deseo de los fabricantes) no reparar en ella y magnificar solo sus pies. Pero el disparate  de que falte la muchacha puede mitigarse si se tiene espíritu infantil. Peguense estos pies en cartulina blanca y sobre ellos, con cuidado, la foto de la Cenicienta que se quiera. Y ya está. Manos a la obra.

Un comentario a “Aquí falta la Cenicienta”

  1. Agustina dijo:

    (…) Pero no amo tus pies sino porque anduvieron sobre la tierra y sobre el viento y sobre el agua, hasta que me encontraron.

    Neruda posó su vista ahi donde descansan en el suelo los pies, se habla de la soberbia de las manos que ante semejante desparpajo por parte del poeta, sin poder entender la indiferencia recibida, se avalanzaron sobre los pies, sosteniéndolos como si no pertenecieran al mismo cuerpo. Y así y todo Neruda reconoció los pies tibios o helados, los pies de los caminos andados, porque dicen, tenían otros colores y que daba gusto verlos venir de camino, empañando los propios pies, que caían rendidos ante ellos, tropezándose confundidos, paralizándose antes de llegar de frente, antes de rozarles con la nariz los dientes.

    Cosas así. Qué bueno es leerlo siempre, Esteban.

    Siempre un gusto visitarlo!

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