El gran dios Gol

la-nacion-julio-2008a-010.jpg

 No se dice, pero es probable que el futbol naciera de tanto holgar y mirar la Luna. O de “estar en la Luna”. Libro antiguo que se lea allí estará ese mutante balón blanco saltando de un verso a una cerámica, de una ceremonia a un canto. Tantos miles de años deseando bajarla a tierra, pararla con el pecho y jugar con ella, concluyó en “fulbo” o “football” o como se diga en cada sitio. El correr tras una pelota no tiene origen british como el ex imperio propaló (y aún pretende). La tendencia a la apropiación le viene por carencia propia. Desde el vamos fue así. Una nada en la niebla. Cuando fundó Londinium Julio César los devaluó por carecer de vid y oliva: “Sin ellas nunca tendrán una cultura”, vaticinó. Vaya error. Los húmedos albinos no tendrían buen clima pero si carácter. Lo faltante fueron trayéndolo de fuera. Luego, niebla y siglos fueron borrando datos. Tanto, que ahora pasan por tener el copy de asuntos tan exóticos para sus islas como el te, el polo, el curry, el chutney o el fútbol.

No lo inventaron, pero lo instalaron. En sus canchas, el juego chino de 3000 años, la vejiga inflada pateada por aztecas y la esferomaquia griega (también de 11 contra 11) se modernizó. En el Celeste Imperio marcaban los ángulos del córner de simbólico modo: pino para el rincón noroeste, arce en el noreste, cerezo para el sudoeste y en el sudeste, nada menos que un sauce . Los ingleses le podaron la poética dándole reglamento más próximo a la épica. En poco más de un siglo este fenómeno se hizo mundial. Hoy son pocas las casas de la Tierra en donde no haya una pelota de goma, trapo o cuero. Quizás los genetistas descubran un día el porque de la atracción que tiene el pie por tan mágica bola.  Y contagiosa, Alentó varios otros juegos (desde las módicas bochas al básquet) pero es en el futbol donde alcanza su más resonante expresión. Y esta fotografía de EFE nos trae una prueba más de su hegemonía. Un inmenso balón con nosotros dentro.

Podría ser (de algún modo oscuro lo es) la estatua esférica de un dios. Se trata de una mega ”pelota de fútbol” alzada en una plazoleta de Johannesburgo para promocionar la Copa Mundial de Fútbol que tendrá lugar en Sudáfrica en 2010. En su interior hay miles de balones reales que llevan impreso el logo elegido por concurso. Representa a un jugador “acostado en el aire”, con sus brazos extendidos, mientras una de sus piernas se estira en busca del “esférico” (como también lo denominan algunos relatores) para concretar una de las figuras más atractivas del juego: la “chilena”. En su correteo por la historia pocos deseos (salvo los de la supervivencia) han permanecido tan vigentes como el acto de jugar. Y de la gama de lo lúdico el fútbol parece contener mejor a todos los terrícolas, por más disímiles que sean sus credos, ideas y paisajes de nacimiento. ¿Es que al jugar con una pelota lo hacemos con la Luna que desde hace miles de años llevamos dibujada en los ojos?

Más allá de dos de sus críticos  más severos (Jorge Luis Borges,  Umberto Eco) al fútbol lo han cantado desde Antonio Machado a Rafael Alberti y jugado ( y bien) desde Miguel Hernandez a Albert Camus. O el mismo Pier Paolo Pasolini, quien solía  juzgar el estilo de cada “player” con reglas literarias: “Bulgarelli juega el futbol en prosa. Riva lo hace en poesía. Corso lo juega como poeta maldito, extravagante”. Los científicos, en cambio, pagaron caro no apreciar al universo como un campo simbólico de estrellas futbolísticas que también es. Basta analizar los errores de la astronomía. Se necesitaron 15 siglos para reemplazar al griego Ptolomeo, que la vio cuadrada por  no alzar la cabeza y advertir que este juego no acepta sistemas sino azar de la más pura calidad. Galileo mismo (pese a ser “azurro”) la pateó fuera al no advertir que el futbol era un tema galáctico y que existía un distribuidor mayor del juego. Así la dejó servida para que un crack polaco (Copérnico) metiera un cabezazo magistral en el Sol. Aunque no está todo dicho. Habrá que investigar más. Algún día saltará “la verdad” y se hará justicia con la Luna. Pues ella, solo ella, nos enseñó a jugar al futbol.

dejar un comentario