Oh, sí, un poco de paz

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Si algo le va a esta foto es un título de madrigal, como el que lleva. También requiere un clima y un instante. No es cuestión de llegar, parpadear y pasar a otra cosa. Aquí se trata de reposar los ojos. De quedarse. Para contemplar, no para ver. Para ingresar inocentes en la imagen mientras suena ondulante Monteverdi o alguno de esos fragmentos que trajo Bach de  su tantísimo ascender y descender del cielo en pianoforte. Y bienvenida una foto así, en medio de semanas que no sobrevuelan plácidas como pájaros sino filosas como flechas. Aunque las millones de copias del mundo que nos llegan se nos muestren en multicolor, los colores mandantes son  el blanco y el negro. Nos parecerá verde la esperanza, amarilla la envidia, la pasión roja, pero la realidad  no es fantasiosa. Más que los intermedios le van los extremos. Frío o calor. Crudo o cocido. En el fondo de la paleta de la policromía blanco y negro  son colores mandantes. Y aunque no lo parezca, también en esta estampa  plasmada por Sergei Chirikov, de la agencia EFE, en Moscú. Aquí subyace un contenido. Un cruel color de duelo. Y para poder “mirar” este dato invisible, la palabra aquí debe ir en auxilio del sentido de la imagen. Lo necesita. Estas coristas de una iglesia ortodoxa rusa entonan un salmo en la misa de recuerdo de unas niñas (de igual edad y cercana belleza) ejecutadas 90 años atrás junto a su padre, el zar Nicolás II y su entera familia.

Vivimos tiempos de muchos colores. Virtuales. A poco que ajustemos el foco, la realidad los revelará y pondrá en blanco y negro. La filosa impronta global impide abandonarnos a la placidez de conversaciones sobre el dulce misterio de la vida. Acidos asuntos nos cortan el sueño a cada rato. Del mundo y del país. Noticias sobrecogedoras y por ahora sin marco ni identidad visible de las que recién se conocerá su real sentido cuando pasen de las páginas de los diarios a las de la historia y las enciclopedias, dando nombre a la época que les tocó. También puede uno decidir alzar un iglú privado que lo cobije del alrededor imperante. No es nada saludable andar exponiendo a diario ojos y oídos a la intemperie informativa del planeta. Pone la vida de punta. En ese caso es recomendable aprender a sopesar cuánto de la especie nos toca contener y obrar en su favor, y cuánto dejar que nos resbale pues por más que le pongamos intención, la impotencia es mucha. O protegemos los hondos asuntos personales como asuntos de Estado (que por cierto lo son) o nos echamos como mártires sobre la boca del cañón que brota de la página policial, el capricho político y el boletín oficial. No existe fórmula mágica ni artificiero que desactive la bomba (en blanco y negro) que nos monta la diaria información. Hay solo la soberanía de nuestro diminuto yo de blindarse lo justo como para mantenerse atento a la brújula y a los vientos sin perder contacto con sus compañeros de viaje.

Durante dos mil años sorteamos cientos de “fines del mundo”. Y aun seguimos, pese a desastres  “humanos” que superan muchas veces a los que llegan del sistema solar. Bien visto, el universo se comporta mejor que unos señores y señoras que desde hace 30 mil años (como no lo hizo otra especie) devastaron hasta poner en coma  al más azul de sus planetas. Se vive en medio de la moda catástrofe y en la paradoja de no involucrarse a fondo en la única aventura que importa: la vida. Se prefiere el estado infantil, el lamento pusilánime, el dejarse llevar por los erráticos genes que impone la tómbola del mundo. Ese es otro modo de vivir y comportarse en el Arca. Pero no el único. Podemos apreciar  en esta fotografía 2008 la gracia de las niñas cantoras de Moscú, y,  a la par, “encarnar” la noticia 1918 que las sostiene. De hacerlo puede que ingresemos en dos imágenes y por un instante se nos aparezcan los rostros de las hijas del zar. De ser así, la fotografía sería de entonces y de  hoy. ( Y la humanidad de cada uno, también)

2 comentarios a “Oh, sí, un poco de paz”

  1. Ana C. del Río dijo:

    Creo que siempre las cosas pertenecen al pasado y al presente a la vez. Ya sea por el recuerdo que ellas mismas generan o por ser disparadoras de otros sucesos ya acaecidos. Y así vamos y venimos por ese túnel que traspasa la invisibilidad del tiempo. Quizás hasta las propias almas nos acompañen en ese recorrido emocional. De ser así, ¿Quién podría juzgarnos…?
    Hasta me arriesgaría a decir que el futuro está arraigado en cada objeto que miramos y sentimos al proyectarlo a la distancia.
    Dicen que los perros también piensan en el después, ya que entierran un hueso para luego ir a buscarlo. Para pensar…
    Bravo lo tuyo, Palabrero. Me desdoblo en un abrazo de ayer, de hoy, y de siempre, Ana Cecilia del Río.

  2. Claudio Magariño dijo:

    Gracias…

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