Un artista del cuerpo
Uno nunca termina de saber si quien se dedica a contorsionar lo hace para meterse dentro de sí o para salirse del mundo. No queda claro. Cuesta aceptar que lo que hacen es real y ante cada nuevo y más extraordinario nudo del “artista”, abrimos más la boca, en éxtasis, y se nos suspende el juicio, como a un niño. Es que, a pocos metros si es un circo o una plaza, un animal de nuestra misma especie nos demuestra que ser vertebrados no es fatal y que un humano, “si se pone”, puede “envolverse” como serpiente o achicarse como un bicho bolita. Que de iniciarnos en la práctica de muy chicos y perseverar media hora diaria, llegará un momento en que nuestro cuerpo se nos convertirá en el juguete más a mano, divertido y gratuito del mundo.
Así empezó el contorsionista argentino Hugo Zamoratte a quien vemos aquí, no sin que nos embargue un pico de angustia, introducido en un recipiente durante una demostración que acaba de realizar para la prensa alemana en el teatro de vodevil “Wintergarten” de Berlín. Junto con otros 14 “artistas del cuerpo” Hugo participa de un espectáculo que tiene por lema “La Magia de Oriente” .Cada uno probando los límites de músculos y huesos hasta los bordes mismos de la incredulidad total y sin que, cumplido el ejercicio, queden por el suelo, húmeros y tibias quebradas, y músculos rebotando en desuso. Lo cierto es que tras posar apretadito al máximo como pudo fotografiarlo Rainer Jensen de la agencia EFE, el sorprendente Hugo se desató y “desenvolvió” su cuerpo hasta alcanzar su tamaño normal y pese a eso, argentino, (que, sobran pruebas, en muchos casos destaca por su tendencia a desarrollarse fuera de los límites del sentido común y su pasión por no abordar las cosas como son sino “rizando el rizo” hasta desdibujarlas por completo.
Créase o no, el verbo contorsionar (que tanto se practica en en discursos parlamentarios y en actos de gobierno) dejó de ser esa rareza que nos sorprendió en la infancia junto con el hombre tragasables y la mujer barbuda. La práctica tomó gran impulso gracias a la divulgación alcanzada por Internet. De pronto, hombres y mujeres “de goma” del mundo supieron que no eran unos pocos sino miles y así, , amateurs y profesionales, formalizaron la ICC, sigla inglesa de la Convención Internacional de Contorsionismo, que celebró su primera reunión en 1998 en Las Vegas y la cuarta estos días, en Berlín. Lo que en Occidente en pocos años se organizó como institución mundial lleva siglos de práctica normal en Oriente. Todo aquel que practica ejercicios de yoga es un contorsionista in progress. Y quien pudo visitar India recordará que en sus calles es común asistir a la presencia de un hombre en taparrabos en cuclillas que se sostiene solo por un pie en tanto su otra pierna rodea su cuello como si fuera una bufanda.
El caso de nuestro connacional suma un retorcimiento propio de nuestra época. Su número pertenece a la categoría llamado box-act, o “acto de la caja”, al que se considera de los más bellos y a la vez más peligrosos de los que ejecuta un “artista del cuerpo”. El material transparente es de metacrilato y su dimensión de menos de un metro por lado. Este ejercicio de máxima reducción corpórea suele hacerse también dentro de maletas o baúles, aunque no faltan aquellos que le dan a la profesión un toque posmo o tecno y se meten en una nevera o un fregaplatos. El record Guiness de permanencia en el interior de un recipiente cúbico parecido es del trío Leslie Tipton, Bonnie Morgan y Daniel Browning, quienes resistieron conjuntados “allí” la friolera de 2 minutos y medio. Hugo se internó en tubo de igual riesgo. Y solo, pues por algo es argentino. Por eso no está de más prevenir, no sea que en el país haya quien quiera imitarlo. No basta mantener la posición fetal para caber enteros en donde a uno se le ocurra. Eso solo sucedió una vez en nuestra vida. Y por no más de nueve meses. Ojo.

