Si la encuentran, avisen

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Para entrar en dudas (aquí es imposible salir de dudas) lo que se ve es lo que se ve: medio maniquí montado ¿por un pícaro? ¿por un borracho? ¿por una bruja? en un árbol de la plaza San Martín. Así amaneció un lunes y se esfumó esa noche. De lejos parecía un ahorcado lo que me llevó a buscar la cámara. Dada la inseguridad candente y latente nadie habría ido a denunciar el caso en la comisaría del barrio. Además, ¿cómo poner un detective a rastrear alguna miguita de prontuario de un muñeco? En este caso el quien, como, y por que, quedaban baldíos. Si resulta difícil con seres de carne y hueso imaginen lo arduo que sería en pelele diezmado como éste. Una diligente incursión en la zona y charla con jardineros me dejaron en la antesala de una novela o de un chiste. De noticias, nada. Notable impacto visual, pero sin éxito de gente. Pocos peatones que salen de Retiro y cortan camino por allí, le prestaban atención. Más: les parecía más raro yo buscando el mejor ángulo de la toma que ese colgajo salido de un film de Tim Burton. Pero al menos era un dato útil para sociólogos. Tan curtida anda por casa la gente que ya no parpadea ante nada. ¿O estaría operando el influjo del hosco siglo 19 en el que esta plaza lucía por mes hasta 5 ajusticiados en la horca?

Mínima tarea visual de forense permitió constatar que se trataba de un maniquí varón y que a su pie derecho le faltaban los dedos. Un jinete sin cabeza, torso y brazos del que no desprendía otra información. Raro, siendo que estos bichos son (al menos para mi) tan sugestivos. Y ninguno como el real o presunto maniquí de la mexicana Chonita cuyo misterio llevó a la tumba su madre, dueña de un local de modas en Chihuahua llamado “La casa de Pascualita”. Fue en una de sus vidrieras que asomó un día el maniquí de novia jamás visto tan bello. Cuerpo de cera, ojos de cristal, cabello, cejas y pestañas insertadas de una en una y una imagen tan radiante que atraía jovenes que le dejaban piropos y cantaban serenatas. Pronto corrieron cien historias sobre cómo mantenía el maniquí tan hipnótica lozanía. Se decía que el esmero de Doña Pascualita era morboso. Que de noche la retiraba y hasta la bañaba con champú. Como antes había tenido su local en El Paso (Tejas) entró a rodar una fábula que fraguó en leyenda. Decía que el día de la boda de la Cholita real, hija de la dueña, un insecto ponzoñoso cayó en su corona de novia, la picó y ella murió durante la ceremonia del altar. Así empezó a correr la versión de que el admirado maniquí no era más que la hija de Pascualita, embalsamada, recubierta cera y expuesta así por su madre en demostración de que “ni la muerte podría llevarle a su Cholita”. Se hicieron canciones, corrieron rumores y hasta hubo gente que aseguraba haberla visto llorar y pasear por la tienda en medianoches.

Así da gusto topar con un maniquí (palabra que viene del holandés mannequen, “hombre pequeño”), y al que primero se llamó monigote. Sobre 1780 era usado por artistas plásticos como modelo y desde 1830 por la moda para exhibir ropa. Primero solo bustos con cabezas de papel maché y luego de cuerpo entero, como fue el de la neoyorquina Cynthia, que se la disputaban en alquiler Tiffany`s y Cartier y para ser llevada de un escaparate a otro requería tres hombres, tal su peso. La tecnología los llevó del cartón al plástico y a la madera, y por último dio lugar al ser vivo que tanto suspiros provoca. No el de nuestra fotografía de hoy. Por hombre (medio) y por tener toda la traza de que hace tiempo ya que dejó de habitar vidrieras y lucir. Quizás, desocupado, una noche se fugó del galpón del Once donde sobremoría entre ratas, polvo y arañas. Y partió a darse una última excursión por esas calles de Buenos Aires que antes nunca pudo recorrer. Pero como esta ciudad tiene “un no se que” (o varios, entre ellos barritas de terror) topó con una, lo chaparon y lo dejaron en la rama.

(Sí, ruego mirar en otras plazas. Si bien su otra mitad piensa, imagina, siente, no se puede movilizar. Si la encuentran, avisen)

Un comentario a “Si la encuentran, avisen”

  1. Virginia Edit Perrone dijo:

    Como la Poesía, muestra y esconde sus mitades. Tiene una madre que pare silencios cada noche. Es Mannequen, pequeña, pero alberga todas las lozanías, los cristales.

    Esteban, En cada texto tuyo late, truena hondo el Poeta que sos.

    Un Abrazo con A mayúscula.
    Virginia.

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