Yo tenía un candidato

Se llamó Alberto Kattán, era argentino, padre, abogado y uno de esos amigos que se recuerdan con piel de gallina. Murió en 1995, todavía joven. Sufría de riñones inválidos desde aquella noche bajo Onganía en que la policía le pateó los riñones hasta cansarse en las escaleras de su facultad.

Tan insólito como su apellido, vivía a sesión diaria de diálisis y a ración múltiple de medicinas. Su humor era una fiesta y su pasión estar al servicio de la prolijidad pública. Se desvivía por desfacer entuertos sociales menores. Si descubría falta de higiene en un bar, con cómplice voz baja, alteraba la paz del dueño con un «Vaya lío el que hay en el café de la vuelta, eh?.. » Y ya creada la inquietud , su “bombazo”: “Cayeron los de Sanidad. Le están haciendo un agujero bárbaro…». Al instante el local entraba en estado sísmico. Un ajetreo de balde, escoba y detergentes convertía al boliche en una clínica privada. Kattán dejaba ese bar, entraba en otro y así. «Está al alcance de cualquiera» sostenía en tono seco, neutro, inglés.

Alberto Kattan

Nunca conocí a un ciudadano privado más público que Kattán. Un justiciero anónimo desde el alba a la noche. Un ejemplar de la Constitución hecho carne. Su ansiedad por verla cumplida lo movía a ocuparse de lo que otros se desocupaban. De haber cundido su estilo cívico, en lo que va de un lunes a un viernes igualábamos a Suecia. Pero, es de lamentar, y me incluyo en la culpa, había un solo Kattán. El solito. Y su alma.

Su ética lo movía a caer como ángel exterminador sobre los ilegales de toda laya. Buen lector de ordenanzas, su recorrida por ferias y mercados producía estragos. Aparecía con pesa de 1 kilogramo en un bolso y ante el primer pálpito de su ojo citaba al policía y clientes más cercanos. «Agente, tengo dudas sobre la exactitud de esta balanza. Compruébelo y de ser así tómeme la denuncia». Su récord lo obtuvo en una feria de Palermo Viejo: daban 690 gramos por un kilo. Ese día arengó a los viandantes. «Radiografíen las góndolas de los supermercados. Cotejen precios, pesos y fechas. De encontrar la trampa, pidan por el responsable, sigan la pista desmonten toda excusa y vayan a juicio” Y cerró con otra frase de su breviario: “Las democracias se fortalecen en los mercados públicos».

Kattán también luchó contra quienes contaminaban calles, ríos, aire. La efectividad de su tozudez alcanzó aquí un 20 por ciento. “Debo esmerarme más”, repetía como un santo. Para desactivar funcionarios insensibles invitaba a seguir su manual. En el capítulo «Técnica para endulzar al empleado alunado», instruía así: “Si en un trámite aprecia el mal trato de un empleado dígale en voz bien audible al compañero de penas que lo precede en la cola: «Este hombre (o mujer) debe sufrir mucho. Hoy tiene un día ingrato pues por lo general es un empleado simpatiquísimo”. Verán que en un ratito el señalado cambiará su modo y se hará cordial.” ¿Y la efectividad?. «Aquí obtengo un 80 por ciento» respondía exultante.

Kattán era un San Francisco de Asís de los consumidores. Sentía a cada prójimo un semejante “sagrado”. También a los animales. Por defenderlos, alcanzó la gloria en los años setenta: un grupo japonés llegó al país para comprar y sacrificar tres mil pingüinos con cuya carne iban a experimentar hamburguesas más afines al paladar oriental. El negocio se truncó al elevar Kattán un insólito recurso de amparo. El juez lo llamó, calificó su petitorio de irregular y exigió lo retirase. Kattán se negó y el novísimo diferendo concluyó en la Corte: los tres mil pingüinos salvaron sus vidas.

Este precedente tuvo eco mundial. Como tal, el texto original resalta ahora en una vitrina del museo de la Ley, en Denver, Colorado. “Me pidieron el original y lo remití con los garabatos de pájaros y corazoncitos que le había hecho, pues cuando lo redacté mi novia me interrumpía por teléfono a cada rato”

Así era el ciudadano Kattán. Habría que recordar más seguido a Kattán. De él aprendí que ecología tiene dos significados. De día : la defensa de los recursos naturales. De noche: el imperceptible paso de la vida hacia la muerte.

“Kattán, kattán” es el sonido que seguro hacen hoy los pinguinos cuando zapatean su alegría en el hielo.

Un comentario en “Yo tenía un candidato

  1. Esteban; qué alegría volver a leerlo. Y nos regala una historia ejemplar de ciudadanía. Gracias por no claudicar y seguir formándonos como lectores-ciudadanos responsables y avisados.
    Le dejo un abrazo, Andrea

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