Borges, el palabrista/ y 5

Con Borges no se puede. Buscan enterrarlo y no hay caso. Ahora, a 30 años, Beatriz Sarlo recoge el testigo que Witold Gombrowicz arrojó desde el paquebote de su partida en 1969. Sus huérfanos escribas clamaban desde la dársena les tirara un último consejo y al áspero polaco no se le ocurrió mejor adiós que dejarlos turulatos:

–Maten a Borges.

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Borges, el palabrista/ 4

Nadie imagine a Borges desnudo, vocinglero, sensual. Nadie lo toque. Hojearlo apenas, que su carne es papiro tras papiro, y esa escuálida, trémula voz de infante que asombra y desasombra, que juega con la grandes muñecas de los mitos, desayuna con Macbeth, codea a los fantasmas.

B:¿A dónde vamos? ¿A dónde vamos?

–A la cafetería. Se llama Azalea.

B:¡Qué nombre!, ¿no?

Despaciosamente lo acerco a la mesa, lo siento, descanso su bastón, miro sus pies. Están en el suelo, situados al azar, distintos, ajenos a la biblioteca que sostienen. Él se pone a olfatear. El animal Borges tratando de olisquear una palabra cicerone. Alguien dice “café”. Él mueve la cabeza. Dice también “café”. Escucha cómo la palabra “café” va hacia el camarero, cómo se apaga mientras el camarero la lleva. Sonríe: sabe que esa palabra va camino de dejar de ser palabra para regresar hecha café.

B-1983

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Borges, el palabrista/3

Son varios los Borges verbales que pulsan en mi memoria. Sobresale, por primero, aquel de 1956, cuando aún no era Homero sino un Buda encastillado en la Biblioteca Nacional. Rodeado por noventa mil libros un mujerío a sus pies le leía cuentos en un inglés cipayo a la orilla del río menos inglés del mundo. Cada tanto, un bibliotecario furtivo le traía la copia de un manuscrito hebreo o el muy gozado versículo de Blake donde dice que todo lo que existe fue imaginado alguna vez.

BORGES con e.p.

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Borges, el palabrista/ 2

El  lunes 21 de abril de 1980, sintiéndose solo en la trastienda de una sastrería de Madrid, Borges parecía beatífico y feliz. Acababa de probar, con éxito, el jacquet que vestiría en Alcalá de Henares para recibir de manos de un rey el premio Cervantes. Apoyado en un báculo de bambú negro comprado en Chinatown por dieciséis dólares, su rostro de inocencias y dudas sugería la imagen de la luna. Cuál fue la emoción que lo envolvió y apagó su “grave pecado” de no haber sido feliz, no lo sé. Pero de pronto, así como así, sus labios se movieron y del tarareo pasó a cantar en voz alta lo que parecía sonar a una milonga.con borges 1983 Seguir leyendo “Borges, el palabrista/ 2”

Borges, el palabrista/1

Conocí a Borges cuando él tenía 56 años (y yo 26). Mi pueblo (Berisso) me encomendó  invitarlo a dar una charla. Abrumado por lo que sentía “tamaña” misión llegué a la calle México donde él dirigía la Biblioteca Nacional y solicité verlo.

Me escuchó y sin ánimo de broma, dudó:

–¿Berisso?¿Ese pueblo existe?

Ofrecí pruebas verbales y aceptó. Fue sábado glorioso aquel de la primavera de 1956 en que lo esperé en La Plata. Borges todavía veía y descendió ágil del tren. Traía del brazo un junco de altos remos: a Cecilia Ingenieros, bailarina (un pre boceto de Pina Bausch) que lo asistía como amante o secretaria o chaperona o lo que fuera. Ambos reían jugando con frases crípticas que a mi (muy verde aun)  me sonaban a sánscrito.

Trencito a Machu Pichu 1982 copia

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