libros

Poemas Plagiados

Poemas Plagiados

2008 Buenos Aires – Argentina

Gente bastante inquieta  

El Ocaso de Perón

2008 Buenos Aires – Argentina

Gente bastante inquieta  

El palabrista, Borges visto y oido

2006 Buenos Aires – Argentina

Gente bastante inquieta  

Gente bastante inquieta

2001 Buenos Aires – Argentina

Poemas Plagiados  

Poemas Plagiados

España

Borges, El palabrista  

Borges, El palabrista

Buenos Aires – Argentina

Poemas plagiados  

Poemas plagiados

2000 – España

Borges, El palabrista  

Borges, el Palabrista

Madrid – España

La bañera azul  

La Bañera Azul

1995. Buenos Aires – España

Instrucciones al pavo real  

Instrucciones al pavo Real

1993. Buenos Aires – Argentina

Borges, El Palabrista  

Borges, El Palabrista

1980. Buenos Aires – España

EL ultimo Perón  

EL último Perón

1975 -España

Hola Perón  

Hola Perón

1965. Buenos Aires – Argentina

La poetisa analfabeta  

La poetisa analfabeta

1974. Buenos Aires – Argentina

Introduccion al Gamelo  

Introducción al gamelo

1970. Buenos Aires – Argentina

Hola Peron  

Hola Peron

1965. Buenos Aires – Argentina

La vida continua  

La vida continua

1963. Buenos Aires – Argentina

Asi nos fue  

Palabra limpia de mi

1960. Buenos Aires – Argentina

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Algunas palabras

Imagino a Esteban Peicovich en la primera caravana caminando hacia el este del Edén. Probablemente había sido expulsado del paraíso como todos los que presumen de ser mortales.
En el paraíso Esteban había ejercido el oficio de palabrista desafiando el poder de Dios: con las palabras creaba las cosas. Iba por en medio de la floresta pensando la palabra serpiente y de pronto un reptil le salía al paso; otras veces unía al azar varias letras que formaban un león y entonces el león que aun no había conocido la fiereza le lamía los pies. Todos los árboles, plantas, ríos, cascadas, fueron nombrados por los palabristas en el paraíso pero Dios previamente se había reservado la palabra barro y con ella creo a un ser culpable que tuvo mucha descendencia.
Cuando Esteban Peicovich caminaba hacia el este del Edén, antes que nada se encontró con el silencio. El desierto de arena era este silencio y en el solo se veían huellas de pies descalzos de otros fugitivos que le precedieron. En los infinitos cruces de caminos en la arena a veces también aparecía la figura de un cero trazado con un dedo en la arena junto a un dado que era la brújula de aquel tiempo. Por medio de uno de estos dados Esteban Peicovich se oriento hacia un lugar que no era un espacio físico sino solo una ciudad que Caín había construido con palabras heréticas, heterodoxas, marginales. Se llamaba Babel y todos sus habitantes se dedicaban solo a hablar, a forjar cuchillos, a tocar variados instrumentos de música, creando con ellos otros sonidos que introducían en el interior de las palabras formando sus ritmos. Babel solo se regia por una ley: las palabras eran propiedad de todos. El genio consistía en repetirlas con amor, aunque otro las hubiera inventado. En eso consistía el desafío que Caín planteo y por eso fue castigado y no obstante profundamente respetado por Dios.
Como uno de aquellos viajeros al Este del Edén ahora Esteban Peicovich nos recuerda que las palabras son un acervo común. Cada una de ellas constituye el adobe con el que se construye la torre interior que nos mantiene en pie. No somos sino un sueno de palabras, el eco de tu nombre que suena en el valle de arena. Junto al nombre hay un cero. Junto al cero hay un dado. Tal vez ambos elementos están depositados en un cruce de calles de Manhattan al pie de un cubo de basura donde un mendigo toca el saxofón. Su melodía también nos pertenece. Con ella se ha construido Nueva York o Buenos Aires o cualquiera de nosotros.
Esteban Peicovich sabe todas estas cosas.

MANUEL VICENT
(Prólogo a “Poemas Plagiados”)

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Así lo vió el diario critica.png
Presentación de El ocaso de Perón

Y Cristina metió la cola

Iba a ser un lanzamiento formal del libro de Esteban Peicovich, pero las circunstancias del día convirtieron a Carrió en estrella opinadora.

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¿Y qué opinás de lo que está pasando? Hay medio país con palos y escopetas.

Como buen periodista, Esteban Peicovich tenía que hacerle la pregunta –con comentario algo exagerado– a Elisa Carrió. Era la presentación de su libro, El ocaso de Perón, de Marea Editorial, pero Cristina Fernández acababa de dar su discurso y ya se oían las primeras reacciones furibundas. Así que la jefa de la Coalición Cívica, invitada en principio para hablar sobre la obra de su amigo Peicovich en el Centro Cultural Caras y Caretas, se largó en un análisis sobre lo que pasaba a esa hora del martes pasado: “La Presidenta dio un discurso completamente peligroso, de una violencia y una confrontación inusual –dijo–. En un conflicto de esta naturaleza, su rol debe ser el de árbitro. Ella pretende consolidar su liderazgo volviendo a un pasado de antinomias, pero ese pasado ya no está. Ya no hay más peronismo-antiperonismo. Pero tampoco está cómo se ordena el futuro”.

“Tenemos que poder entender qué rescatar y qué dejar atrás del pasado”, siguió Carrió. “La Argentina ya no puede tener la división ciudad-campo –agregó–. Porque el oro de hoy es el campo. Es como si discutiéramos el cobre o el petróleo. No puede haber estos enfrentamientos.” Carrió aseveró que, de todas formas, el momento “no es grave” desde lo institucional e insistió con su idea de cambio de época: “Estamos en un momento fascinante de la construcción política de la historia –dijo–. Porque está cambiando la Argentina y también la civilización mundial. Es un tiempo de mucha riqueza y, también, de oscuridad. Ésta es una Argentina que se desarma, en la que sigue el reflejo de los viejos discursos del pasado. El discurso de Cristina pudo haber sido dicho hace 30 años”.

Y eso conecta, dijo Carrió, con la falta de herederos de Perón y la situación actual. Algo que, subrayó, queda claro en las entrelíneas del libro. “Perón entendió que a una nación no se la manda, se la persuade –dijo–. Él no mandaba, persuadía. Y para hacer eso hay que tener un gran poder. Como no ve un dirigente que pueda heredarlo, lo resuelve de una manera muy clara: su único heredero, dice, es el pueblo. Eso implica, también, cierto desprecio por quienes tiene alrededor”. “Él le dice a Esteban, mientras comparten un asadito –siguió Carrió–, que nunca juntó a los jóvenes con las mujeres ni con los sindicalistas. Era su esquema radial, para usar a unos contra otros: dividía para jugar con alianzas. Eso explica por qué la sucesión no pudo ser manejada.”

El ocaso de Perón es un libro que reúne otros dos, publicados hace ya bastante por este poeta, periodista y conductor radial y televisivo nacido en 1930. El primero de ellos, Hola Perón, se editó en 1965 y contiene una serie de entrevistas que el ex presidente le concedió a Peicovich en su exilio de Puerta de Hierro, en Madrid: fueron las primeras declaraciones del general desde su salida en cañonera vía Paraguay tras el golpe militar de 1955. El segundo, El último Perón, apareció en 1975 y agrupa reportajes que el autor, luego de la muerte del líder, hizo en España a quienes lo acompañaron de cerca: el amigo Jorge Antonio; la hermana del dictador Francisco Franco, Pilar; el doctor Jorge Taiana; el médico que lo atendía en Barcelona, Antonio Puigvert.

De la presentación también participó como anfitrión el profesor Felipe Pigna, quien destacó que el libro de Peicovich contribuye al entendimiento de lo positivo y lo negativo del peronismo como potente sujeto histórico. “Es un libro delicioso, muy bien escrito y con mucha información, que recomiendo fervorosamente”, ponderó. Peicovich explicó, a su turno, que el enfoque de su entrevista con Perón se centró en lo humano y lo cotidiano, en vistas de la prohibición de hablar públicamente de política, una imposición del general Franco para el exilio del colega.

También contó que, en 1974, debió exiliarse debido a las continuas amenazas telefónicas que le dedicaban, sobre todo, los pesadísimos Norma Kennedy y Alberto Brito Lima. “Un libro no puede agrandar ni achicar a Perón –concluyó–. Esa mensura la hará el tiempo.”

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Captura de pantalla de la versión Online del Diario Crítica Digital
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El recomendado del mes

Razones profesionales:El espacio dominical de Esteban Peicovich es, tal vez, la mejor literatura periodística (sic) que se escriba hoy en la Argentina. ¿Cómo decir mucho en poco espacio? ¿Cómo ser ácido y elegante? ¿Cómo ser entretenido y profundo? Todas esas respuestas se encuentran en su resumen semanal del suplemento enfoques de La Nación. Vean que no se necesita escribir adverbios terminados en “mente” cuando se sabe cómo presentar ideas: El resumen de lo aparecido en la prensa durante la semana que analiza es imperdible. Para ver artículos anteriores, pueden visitar los palabristas, donde Peicovich muestra sus obsesiones.
Razones personales: Todo lo anterior, hay que desprenderlo de cuestiones sentimentales. Soy periodista, en parte, por leer desde chiquito a Peicovich.
¿Por qué uno elige su vocación y no al revés? En mi caso lo tengo claro. En mi pueblo no había televisión, ni llegaban los diarios. Sólo las revistas que a mi padre le traían una vez por semana de la ciudad más cercana. En los setenta eran Gente, Siete Días, Radiolandia, El Gráfico y algún Nocturno. En Gente como en Siete Días era común ver a sus periodistas viajar por el mundo. Peicovich trepado al transiberiano, Roberto Vacca en Cuba, Germán Sopeña en alguna aldea africana y Héctor D’Amico en algún pueblo de los Estados Unidos. ¡Trabajar de eso y que encima te paguen! Lo más tentador eran los viajes, pensando desde en un pueblo donde nadie tomaba vacaciones, donde no se viajaba, salvo por enfermedad. Quince años después de aquellas especulaciones, entré a la revista Noticias que por entonces dirigía Héctor D’Amico, uno de aquellos viajeros de la profesión.
En una noche de invierno de 1982, año que llegué a Buenos Aires desde mi pueblo, caminaba por avenida Callao y vi el pelo inconfundible de Peicovich -usaba un corte tipo Bee Gees-, hablando con dos mujeres. Tal vez recién regresaba de su experiencia como corresponsal de Atlántida en Europa. Con un cholulismo que no me avergüenza ni siquiera 22 años después, me presenté como un admirador de sus crónicas y le entregué un ejemplar de Retruco -revista underground que hacíamos con otros compañeros-. No le habrá servido de mucho mi obsequio, pero habrá quedado como un duque con las señoritas. No creo que al bueno de Peicovich, por aquella época, lo reconocieran muchos en las semipenunbras de las calles porteñas. Hace unas semanas encargué en Noticias que le hicieran una entrevista a Peicovich. Estoy seguro de que tiene una historia de vida interesante. Nunca más lo volví a cruzar. Aunque lo leo todos los domingos, para ver si aprendo.

Darío Gallo
(Editor ejecutivo de la revista “Noticias” de Bs. As.)

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Sinfonía coral

Gente bastante inquieta
Esteban Peicovich
Simurg
Buenos Aires, 2001
216 págs.
A mitad de camino entre la literatura de ficción y la crónica periodística, el notable género de la entrevista convoca más voces de las que participan en su ritual. Esteban Peicovich (Zárate, 1930), entrevistador eximio, baraja al respecto un número modesto, el tres. Está quien pregunta (“un escritor ante su página en blanco”), quien responde (“un personaje en busca de autor”) y “un tercer interlocutor latente, anónimo, múltiple”, el lector. Sin embargo, en Gente bastante inquieta Peicovich se contradice o, más bien, se desmiente. Pues a la manera de esos lechos de la fantasía sus entrevistas convocan una tropa de personajes, duendes, cómplices, aliados, auxiliares y adversarios. Permitir el surgimiento de semejante diversidad resume el espíritu generoso del arcano artilugio del entrevistador.
Sin prejuicio ni superstición ideológica, trece personajes atraviesan la pluma de Peicovich quien, con curioso respeto, despliega para cada cual una diferente técnica. Como el pescador que selecciona anzuelo, sedal, señuelo y espejo, el preguntón atrapa al pez para que por la boca viva. Del enorme Robert Graves, Peicovich toma la voz y logra armar un luminoso relato con sólo diecinueve palabras –contando interjecciones–, de las cuales siete son “sol”. Con el poeta Antonio Gala lanza un maratón de imágenes y metáforas. Al violinista quichua don Sixto Palavecino le deja el monopolio de la primera persona, la misma que recorre en soledad rosseauniana la misérrima tierra santiagueña, fertilizada por la fortuna de la música. Con Cristóbal Colón, decimoséptimo descendiente del Descubridor, Peicovich cede la frescura a quien carga el orgullo de detentar portación de apellido. Una nueva retórica digna del mejor Perelman se le hace indispensable para enfrentar la nada romántica certeza escondida en las obvias trampas librescas de Corin Tellado.
Borges va componiendo en escenas sucesivas al propio Peicovich como personaje de esa novela nunca escrita, pero que destina a los curiosos a la prueba iniciática concretada frente al mingitorio donde el ciego videncia la obscenidad de su interlocutor. Frente al fabricante de haikus visuales Miguel Repiso (nuestro Rep), el entrevistador le hace componer sinfonías, apela a la filiación, despliega la ingeniería del puente entre imágenes y palabras. Los padres del mismísimo Anthony Burgess y del propio Peicovich coinciden a principios del siglo XX en el frigorífico Swift de Berisso y en una tradición común de ajo y vino. Luego, aquella mujer de Orihuela a quien su amado le plasmara “Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos”, Josefina Menrasa, la viuda de Miguel Hernández, recorre las fotos del recuerdo mientras el “rival del sol”, su hijo, la apostrofa en off. Con el ultimo y único surrealista argentino puro –y por ende nacido en Grecia–, plástico, imprentero, Juan Andrealis, el preguntón se erige con un pie en los sueños y el otro sobre el asfalto.
Mutilado y por ello mismo entero, José Plaja, el último secretario de aquel francés que hizo carrera en el tango y murió incinerado en el mismo accidente de Medellín, se cruza con el compatriota del prócer cantor y ambos componen una elegía gardeliana. Vicario, profeta y pontífice de Jaimito, el de los chistes, Helvio “Poroto” Botana le relata al entrevistador las mañas para soplar al oído del propio dios en el que él cree los secretos del buen vivir y el mejor sobrevivir fuera de la sombra de una madre anarquista y un padre, dios a su vez, del periodismo argentino de la primera mitad del siglo pasado. Finalmente, Juan Domingo Perón se escabulle y emerge en la intimidad del caserón madrileño que lo alberga durante el exilio y se declara cuentista o cuentero, vaya a saber.. Trece deliciosos relatos de fiction-non-fiction y al mismo tiempo otros tantos reportajes históricos que se convierten en sendas lecciones del arte de la entrevista, de la estricta ciencia de hacer desaparecer la propia palabra a fin de que brille la palabra del otro.

 

JORGE PINEDO

(Página 12)

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