crónicas

 

01017

El Infierno Bis a 30 dólares

-Usted primero.-digo.

Entonces él, con llavero medieval, abre la primera de las puertas subterráneas. No se si fue su gesto o el sonar de ese llavero pero ahí recordé lo que murmuraban las vecinas florentinas del Dante al verlo cruzar taciturno hacia su casa:

-Ese es el Alighieri. Dicen que va y viene del infierno cuando quiere…

Marcel Gaille no es poeta sino apenas el tecnócrata al que Suiza le encargó el previsor montaje de “La Divina Tragedia”. Director general de la Protección Civil de esta alcancía mundial que es su país, del tétrico llavero de Marcel Gaille depende que seis millones y medio de suizos salven su cuerpo (que no el alma), se salten el almanaque como con garrocha y se inmunicen contra el “after day”. Si llegara a suceder, ese “día después” dejaría a toda Europa hecha un almacigo de calaveras.

Menos a Suiza.

Marcel me mostrará cómo. Dejamos la superficie. Arriba quedan, a su suerte, dos mil millones de niños, la Capilla Sixtina, Bob Dylan, la Madre Teresa, el Acta de las Naciones Unidas, el último bebé probeta, la letra de “caminito”, el bastón de Chaplin, la Cuarta Sinfonía (“la inextinguible”) de Nielsen, los jazmines de Buenos Aires, el saxo de Woody Allen, “El Jardín de las Delicias” de “El Bosco” y la cara de una dama veneta que ví una vez en Trieste y que espero recordar para siempre.

Digo que arriba acaba de quedar todo por lo cual tiene sentido vivir.


No se lo digo a Marcel Gaille, porque para él su posible todo se asegura al trasponer esta primera y maciza puerta. Entre sofisticada y medieval y bancaria. Puerta pared. Su misión es mostrarme uno de los 2.500 súper refugios antiatómicos ya listos para salvar a los suizos del Apocalipsis.

Quedan atrás más puertas de cemento y metal. Somos como buzos sin escafandra. Por último otra puerta, y ya está. Según él, el perfecto paraíso posnuclear que tienen de reserva por si las moscas letales les traen el infierno. Me lo muestra con la naturalidad de quien recorre un supermercado. Sonríe “a la suiza”. Lo quiero comprender, sonrío pero no consiglo comprender nada.

Admirable país. Migaja en el mapamundi pero tan estricto y severo como una caja fuerte. Buen “chocolate”, fino “fondue”, violín por las colinas, y en el interior de esta jaula de oro, gato encerrado, arcones que al ser abiertos huelen a podrido. Parecen serios, presumen de serlo, pero su moral es doble. Fachada frágil, y elegancia como de boutique en sus costumbres. Pero se hacen los osos: esconden a Bokasas, cuidan diamantes de idi Amín, se les escapa Licio Gelli, atesoran la mayor cantidad de dinero mal habido que gira por el mundo. Eso sí: que a nadie se le ocurra tirar un papel en sus calle o una bomba nuclear en Europa. No lo tolerará un suizo. Y es uno de ellos “de alma”, este Marcel Gaille, quien me guía, en exclusiva, por este subbarrio del miedo, por este circo final “della Paura” escondido a 200 metros bajo tierra.

-Marcel… de ocurrir….En el supuesto que ocurra. ¿No sería más justo que muriéramos absolutamente todos los que somos en la tierra?

-No, no. ¿Por qué? Los suizos nos queremos salvar…

Que están decididos a resistir como topos si la cáscara del planeta se convierte en manteca lo prueba el fantástico operativo que iniciaron hace 22 años y para el que cada suizo aporta 30 dólares anuales. Hoy mismo podrían abrigar al 80 por ciento de la población (unos cinco millones) y el lema “un refugio para cada suizo” quedara cumplido en una década. De hecho, ya hay dos Suizas. La de arriba, tan campante como siempre, y esta “de abajo”, la que, al primer asomo de “máximo peligro”, podría anidar miles de personas hasta que dios lo diga. Lo han montado como un reloj. El país es minúsculo (tres suizas cabrían en La Pampa) y dividido en 3 mil comunas de las cuales 45 pertenecen a Ginebra. Desde Zurich han abierto un abanico subterráneo de trazado radial, que comunica con líneas independientes de las que utilizan miles de refugios de diversa función y estructura. Para entender mejor esta faraónica obra suiza habrá que apuntar que el país apoya su seguridad total en cuatro niveles de defensa: 1) la militar (de la más alta sofisticación y en la que está integrado cada ciudadano como miliciano activo) 2) la protección civil (responsable del programa encarado en esta nota), 3) la defensa económica y 4) la defensa del Estado. Dedican a esta defensa el 2 por ciento del producto bruto nacional, y de este 2 por ciento, el 0,5 por ciento al punto 2, esto es, la protección civil, encargado desde 1962 a salvarlos de un posible reventón de hongos atómicos sobre la cabeza de Europa.

Suiza vive desde 1815 (acordado en el congreso de Viena) en lo que llaman “perpetua neutralidad” y resulta sorprendente que situados como están hayan podido mantenerla durante las dos últimas grandes guerras. Celosos de ella (y tras Hiroshima y Nagasaky y los últimos “progresos” alcanzados en el mundo del átomo) advirtieron que la “próxima vez” resultaría imposible mantenerla. Misiles estallando sobre Francia o Alemania los destruirían por simple cercanía. Solo existía una posibilidad de alejarse: meterse bajo tierra. Así, con espíritu suizo, religión protestante y economía espléndida, asumieron esa posibilidad como prioridad básica. Reclutaron a todos los efectivos aptos para la tarea y formaron un ejército civil que no dejó detalle del paisaje sin aprovechar (hasta grandes huecos de las montañas se habilitados para este fin). Durante 22 años se abrieron gigantescos fosos donde organizaron minipoblados de ciencia ficción listos para ser habitados por 5 millones de seres en emergencia.

-Es como tener otro ejército, Marcel…

-Si. Pero en el nuestro no hay generales ni coroneles ni cabos. Es un ejército civil que copió de nuestra organización comunal el sistema de trabajo. Y la comuna en Suiza funciona como reloj.

-¿Usted es el relojero jefe?

-No. Solo soy responsable del reloj de Ginebra y sus alrededores, los 25 superabrigos antiatómicos de esta zona y otros cientos menores están a mi cargo.

-Usted primero…

Descender y atravesar puertas que pesan toneladas es el primer contacto que uno tiene con este submundo. Y delante de cada puerta, un servicio de duchas por las que deberá ir pasando quien se dirija al corazón del refugio. Se busca así neutralizar el mínimo arrastre de contaminación. Pasillos y salones están atestados de medicinas, alimentos conservados y materiales para “renovar el espacio vital”. Como si se tratara de una moderna fábrica, cañerías, tubos y maquinarias van señalizadas con colores vibrantes y de fácil identificación. Los dormitorios semejan los de un camping pero remiten directo a la imagen interior de Auschwitz. Todo refulge, todo está para empezar ya mismo, pero todo está vacío de gente. Solo Marcel Gaille, quien me enseña la oficina de mando, la sala de radio, comedores, almacenes, la sala de purificar el aire, de generar energía, la central telefónica…

-Pero ¿con quién piensan hablar por teléfono?

-Pues con otros refugios similares a este.

-Ah.

Lo han pensado al milímetro. Primero hicieron estudios sobre cuales podrían ser los efectos de una guerra nuclear. Llegaron a la conclusión simbólica (pero real) de que los estragos de la infantería equivaldrían a un centímetro cúbico de harina, los de la artillería, a un kilo de arena, los de la aviación, a una tonelada de muebles, los de un kilotón atómico a un edificio de 5 pisos y los de un megatón a una manzana completa. En cuanto al efecto radiactivo, consideran que, tomando como “cero protección” el exterior, el interior de una casa brinda 10, una cueva 100 y los abrigos por ellos ideados 500. Los tamaños de estos refugios varían (según la densidad demográfica) y van de los más pequeños (para 25 personas) a los más grandes (para más de 5 mil). Hasta finales de junio tenían alistados 193.260 abrigos antiatómicos, entre los que se incluyen centros sanitarios y hospitales de distinto grado para atender, a 5 mil, 18 mil y hasta 38 mil habitantes. En estos casos se los ha funcionalizado para permitir su uso en tiempos de paz. Todos están hechos con hormigón armado, sistema autónomo de ventilación, válvulas antiexplosión. Según los cálculos serían inservibles en el caso de que la bomba nuclear estallara a menos de un kilómetro de distancia. Más allá, servirían de protección contra la lluvia de partículas radiactivas inmediatas (las primeras 24 horas) que despiden rayos gamma invisibles. Las previsiones tomadas aseguran una supervivencia en el interior de por lo menos un mes, tiempo tras el cual sería posible, según la intensidad del daño atómico, reiniciar de alguna forma la vida en la superficie. Las provisiones (incluyendo un litro de agua por día y persona) se renuevan de modo periódico, según sea su fecha de vencimiento.

-¿Y qué hacen con tantas toneladas de alimentos que no se usan?

-Hemos creado un servicio especial de distribución que comprende a todos los grandes almacenes y supermercados del país. Un mes antes de cumplirse la fecha marcada, ellos reciben la mercadería y la ofrecen en venta a precios rebajados. Las amas de casa han respondido y no tenemos problema alguno. La reposición es inmediata y así todo está al día.

Frases como “no tenemos problema alguno” o “todo está al día” le suenan a un argentino como salidas de un señor de Júpiter o de un pigmeo nómada del Camerún. Pero para un suizo es suizo puro, y comprobable en el acto. Tras el primer paseo por esta ultratumba, Marcel Gaille me irá dando las pruebas de que todo lo que me cuenta se traduce en acto, eficiencia, organización. Las vistas al centro de protección civil de Bernex (a 23 kilómetros de Ginebra), a los refugios de Gollion, de Lyss, de Bass (en distintos puntos del país) confirman la sensación inicial de que ésto para los suizos va en serio y que (por lo menos a ellos) el “after day” no los encontrará dormidos o a la intemperie. Tampoco faltos de training. Cursos teóricos, formación de equipos especializados y ejercicios de entrenamiento vienen siendo una ya vieja costumbre. No les molesta demasiado la obligatoriedad de asistir cada semana a prácticas de tiro (y con fusil ametralladora que no queda en un cuartel sino que se llevan a sus casas) o de participar en ejercicios antiatómicos mensuales y una vez al año, dedicar dos días plenos a prácticas de supervivencia ante un presunto ataque nuclear o químico. Si alguno protesta o se niega, se le llama y recibe una adecuada explicación. Si persisten en no integrarse, se los obliga por ley, aunque afirman no darse este caso.

-¿Usted tiene hijos, Marcel?

-Si, dos. Christian, de 17 y Dominique, de 22.

-¿Y qué respuesta les da cuando le preguntan sobre esto?

-Mis hijos, como suizos que son, saben sus derechos y sus obligaciones. Una noche hablamos largo. Ellos presentaban sus argumentos de chicos de hoy pero acabamos de ver una película sobre el nazismo y sus desastres. Me bastó decirles que los suizos cumplíamos con el servicio militar, con las prácticas semanales de tiro y todo lo demás para evitar que volviera a suceder el nazismo. Eso les sirvió como ningún otro argumento. Ahora están tan concientizados como cualquiera.

-Estuve viendo esas prácticas de tiro…Sorprendente que sea con armas tan modernas y además que se las lleven a cas como si fueran cazadores de conejos o cosa así. Ustedes tienen todo un ejército casero, se podría decir que hay millones de guerrilleros suizos. ¿Eso no les acarrea ningún incidente?

-Para nada. Todo está en tener conciencia de porque se tiene el arma en casa.

-¿Y los militares profesionales que dicen?

-Que están muy contentos porque saben que su ejercito puede en cualquier momento de emergencia ser un enorme ejército. En cuanto a los refugios antiatómicos les da mucha tranquilidad porque de suceder algo sabrían que sus familias estarían fuera del peligro y ellos dedicarse a la defensa con mayor idoneidad.

-Mire que se las han pensado todas ustedes, Marcel.

-¿Le parece? Siempre falta algo.

-Nosotros, a 15 mil kilómetros de aquí, no tenemos estos problemas. Allá, lo que debemos hacer son refugios anti-ministros de economía, abrigos contra la inflación, ejercicios contra el alza de los precios. Es un Apocalipsis distinto. Y diría que más grave…

-¿Por qué?

-Porque el de ustedes puede suceder y el nuestro ya sucede.

La visita al refugio de Lyss sobrecoge. Si hace 10 mil años los primeros suizos andaban por aquí eludiendo mamuts, alimentándose de bayas y de renos, estos que se ejercitan esta tarde parecen tan trogloditas como aquellos. Visten el negro de la muerte, amplias y geométricas capas hechas con materiales plásticos que resisten las bocanadas del fuego, del ácido y hasta del átomo. Se desplazan con lentitud entre los fingidos escombros del “after day”, se esmeran en atacar incendios con mangueras especiales y como zombies atraviesan el humo y las llamas. Sus máscaras les dan un aire infernal y todo el espacio por el que se mueven recuerda más lo prehistórico que lo histórico. Pero la estadística de la historia está aquí, en este recuadro que me muestra Yves Batton y en donde se señala que en los 6 mil años de historia solo ha habido 300 años de paz. Encarar la protección civil responde para él a una necesidad que crece: durante la primera guerra mundial murieron 20 militares por 1 civil, en la segunda, las cifras se equilibraron, en la de Corea ya fueron 5 civiles por cada militar. Con un ejército de 500 mil suizos especializados en protección civil y 200 mil más estarán formados en 1985, los modernos helvecios (que ya habían sorprendido a Julio Cesar en su tiempo por lo listos y organizados que eran) esperan reducir la abismal diferencia que el progreso del arte de la guerra ha hecho en los últimos tiempos. Aunque ahora se trata no de una guerra más, sino, tal vez, de la última.

-¿En cuanto tiempo creen que podría hacer ingresar a 5 millones de suizos en los refugios?

-Necesitaríamos, para el aviso y la movilización, unas 24 horas. Un día.

-¿Un día? ¿Cómo un día? Los misiles tardan de cinco a siete minutos…

-Si, claro. No Pero no aguardaríamos hasta un último momento. Si la tensión internacional alcanza un grado de inquietud especial las autoridades federales sabrían cuando lanzar el alerta general. No esperaríamos hasta el último momento, esté seguro.

-Es decir el día antes, no el día después.

-Claro.

Detener a un suizo o a una suiza en la calle es muy fácil. Basta decir una frase cortés o sonreír o mirar el cielo. Cuando así, al bulto, les pregunté que pensaban de todo este aparato montado por su gobierno para salvarlos, recibí en casi todos los casos frases de aprobación y en algunos, pequeñas tesis explicativas de porque todos los países deberían seguir su ejemplo. No era fácil hacerles comprender porque los argentinos no podemos invertir cada uno 30 dólares en esto. Si ya como individuos debemos 1.500 dólares nos iríamos a 1.530 per cápita y bien mirado, entre la deuda externa y la guerra nuclear, quizás resulte memos incómoda la segunda. ¿Pero cómo entendería un suizo ironía semejante? Son de otro planeta, viven en frecuencia modulada, se salen del montón.

A Marcel Gaille no le hace gracia que haya visto en la ciudad a jóvenes llevando una bolsa a la que llaman “refugio antiatómico” y mediante la cual ridiculizan, con clara postura ecologista, todo el esfuerzo que él se encargó de explicarme.

-¿Los vio? Son estos famosos pacifistas…

-Se la ponen en la cabeza, o sobre la cabeza, como sombrilla. Y sonríen…

-Si llega ese momento verá usted como dejan las bolsas y corren hacia aquí. Son muy pocos, no les haga usted mucho caso… ¿Y bien? ¿Qué le ha parecido todo lo que vio?

-Me asusta, Marcel. Me asustan los misiles y me asustan los refugios. Parecieran ser la misma cosa. Le insisto ¿no sería mejor morir todos juntos? ¿No sería el único gesto digno, la única belleza posible de ese último acto?

-Usted es muy romántico. ¿Todos los argentinos son como usted? Escúcheme. Si todos los misiles que hay hoy sembrados en Europa se llegaran a utilizar en una guerra, este trabajo gigantesco que estamos haciendo sería vano, no tendría sentido. Pero si solo se llegaran a tirar, tres, cinco, diez de ellos, entonces los suizos nos salvaríamos..

- De todos modos sería preferible otra alternativa…

-¿Cuál?

-La de que no suceda y que en los siglos venideros en la puerta del refugio que visitamos se lea “Museo de la Estupidez de Nuestros Antepasados”.

-Ojalá.

En el avión de regreso de Madrid un inexplicado cimbronazo (con gran pozo de aire de mil metros me pone el cuore en la garganta y la procesión por dentro. Tanto hacerme el fuerte con el suizo y ahora resulta que a la mínima paura uno… Pero no, de verdad, si tiene que ocurrir que sea democrático. Y lo más personal posible. Mirando el mar, tomando un té “con apenas leche fría” o leyendo ese poema de Cesare Pavese que dice “Verás la muerte y tendrá tus ojos”.

¿Qué es esto de querer salvarse si no se salvan todos?

¿Dónde quedaría el infierno?

¿Arriba? ¿Abajo?

Pilatos era suizo.

Se murió.

Cristo está vivo.

Esteban Peicovich.

Fotos: Alain Morvan (Agencia Gamma)

0125

LA CIUDAD QUE NO EXISTE

Aunque duela, es así: ir de España a Estados Unidos es comprobar que Europa se quedó en 1492. Más cruel todavía: comparada con Nueva York, cualquier ciudad europea desaparece en naftalina. De Praga a París, de Londres a Roma, es igual: el tiempo pesa, los tejados crujen, duele lo nuevo. Aquí, en cambio, de tanto énfasis han podido irse del tiempo. Y hasta del espacio. ¿O acaso alguien puede decir “así es NY” o “ésta es NY”?. ¿No será un espejismo? Tanto sorbe los sesos esta ciudad que en 1965 un arquitecto propuso meterla bajo lupa geodésica y uniformarle el clima. ¿Encapsular a NY? Sí. ¿No será entonces una ciudad imaginaria?

Asentada en roca, tejida en hierro y elevada en acero, NY es la ciudad de la tierra más del aire. Su paradoja no cesa. Cuanto más la analiza uno, menos la sabe. Más la mira, menos la ve. Señales ante los ojos hay muchas, pero no bastan. Están las fotos. Está su “skyline”, ese perfil tipográfico que estalla como flash, sea el alba o la noche. Está su francesa estatua cursi. Está la islita Ellis donde aguardaban quienes venían a hacer l`America o l` Inferno. Y el torbellino ya: puentes en telaraña, templos bancarios, ascensores balas, taxis amarillos, desfiladeros de acero y cristal, flora del frío y del calor, fauna arcoris. Y sumado, su pagana manía de llevar las cosas de la tierra lo más hacia el cielo que se pueda. A funámbulos albañiles los ponen a enfrentar al viento en andamios de cartón que pendulan entre el piso 75 y 76. Y no los mira nadie. Como tampoco a la mujer barbuda que ofrece tres corpiños por un dólar o al fakir que arma su caja de perro humano en un zaguán. La boca de Nueva York los devora tan rápido que no se ven. Todo es pronto es burbuja que redondea y cae. Un hormigueo sordo. La ciudad medieval más moderna del mundo.

Y si Dios no atiende aquí, es desde aquí donde maquina qué premio y qué castigos merecemos. Aquí hay Edén o pánico al alcance de cualquier mano. De pie, en el subte, en el cine. Reinan las vitaminas, lo orgánico, lo light, lo edulcorado y depredan los fritos, la grasa, la abundancia. El sistema da para todo. Hasta para quienes no viven el sistema. Estos deambulan, reptan, se animalizan, pierden sus palabras. De la ardilla de Washington Square a la rata del Bronx todo Darwin muta en millones de primates diversos. El principio de incerteza desplaza a la ley de gravedad. Uno deja de creer en donde está. Duda. En el mapamundi está. Pero es improbable que exista una ciudad llamada Nueva York.

En principio es una pesadilla que se le fue de las manos a Europa. La descubrió un veneciano (Verrazano), la pobló un holandés (Stuyvesant), la ensanchó un inglés (Hudson) y fue lo que se dice la pichincha más grande de la historia: pagaron por ella a los indios Manhattan el equivalente a 24 dólares. Sus originarios tuvieron un mal día y rifaron el solar. América es de dar ciudades así, de fábula, imaginarias: El Dorado, Macondo, Nueva York. Hoy la habitan más italianos que en Venecia. Más irlandeses que en Dublin. Más judíos que en Jerusalén. Más polacos que en Cracovia. Suman 12 millones los “esperantos” parlantes. Un laboratorio multirracial. Bastante más en paz que varias racistas ciudades de la Europa “ejemplar”

Manhattan, Bronx, Queens, Brooklyn y Staten Island completan la experiencia urbana que tiene su vidriera en La Isla, corazón de Nueva York. Manhattan es una legua de tierra de 22 kilómetros por 3 de ancho con 12 avenidas de oeste a este y 200 calles de norte a sur. Por ella desfila el muestrario humano más sintético del mundo y más atípico de los Estados Unidos. Los rostros de El Bosco se ven a tres por metros. Las gacelas de Botticelli también. En todos se ve que en NY hay que ganarse la vida a golpes. Casi todos los varones portan muecas y cara de boxeador. Pero también muchas madonnas sonríen como quiso Leonardo. Pero atención. Es gente abierta al gesto, a la palabra, a la risa del otro. Lo público y lo privado no cabizbajean como en la moral latina. El adentro suele exponerse sin tapujos, como la misma ropa, tan libre que sepulta el ridículo y crea la tolerante no-moda del vive como quieras. Los neoyorquinos son eficiencientes hasta rozar el maquinismo. Pero respetan y practican la gentileza y el humor público como pocos. ¿El sexo? Un todo vale sodómico y gomórrico convive contiguo a lo cortesano, lo romántico y lo nostálgico. ¿El saxo? Eterno. Es el bandoneón de Nueva York.

Hacer un retrato del neoyorquino típico es imposible por la variedad mundial que contiene. Las encuestas arriesgan que un norteamericano medio mide 1.78 y pesa 80 kilos (él) y 1.60 y 65 (ella). Que es un espécimen que cree mucho más en la Biblia que en la teoría de la evolución, que entre sus alimentos más detestados se encuentran el hígado, la espinaca y el pescado, y entre sus preferidos la hamburguesa, la banana y la lechuga. Un ciudadano que al año sólo falta 5 días a su trabajo y consulta 4 veces al médico. Un terrestre que puede vivir 72 años de media si es varón y 78 si es hembra y que de modo unisex devora 100 horas mensuales de televisión y espera gastar per cápita 375 dólares en regalos para esta Navidad. Este es un aproximado retrato robot si no vive en el arco de la pobreza que en el país alcanza a 36 millones, esto es, al 14,6 por ciento. Se sabe qué es ser pobre: una familia de 4 integrantes que no ingresa al año más de 14 mil dólares, lo será sin remedio.

El norteamericano consume todo y produce, expele, devuelve al día 2 kilos de basura. El desperdicio se convierte así, por paradoja, en uno de sus asuntos culturales de más alta sensibilidad. William Rathje, arqueólogo de vertederos, de 47 años, (el mayor experto en basura del mundo) declara que el problema mayor no es el plástico, como se supone (solo un 15 por ciento), sino el papel (que ocupa el 50 por ciento). En sus análisis descubrió que la sociedad bebe más alcohol, o come más grasa, de lo que dice. Él no cree tanto en las encuestas como en sus espectaculares tubos con los que como un espeleólogo saca muestras de basuras que se han acumulado durante décadas. Utiliza en su trabajo un símil de perforadora petrolera que le trae muestras en un cilindro de un metro de diámetro y llega a 70 metros de profundidad. Entre sus hallazgos más sorprendentes hay restos considerados biodegradables pero que se mantuvieron casi intactos por efecto de la presión de la materia acumulada. Así, este insólito científico de desechos, pudo localizar un bife entero de 1973, un choclo “fresco” de 1988 y tres salchichas que se mantuvieron sin degradar durante dos décadas. Y hasta un ejemplar del Temple Daily News, de Arizona de 1957. tras escarbar a fondo en Estados Unidos, Rathje se prepara para hacerlo en Japón, México, y Londres, donde existe un terreno sobre el que se han echado desperdicios desde el año 1200. “Creo que encontré menos papel, porque en Europa los diarios son más delgados que aquí. No es que den menos noticias sino que hay muchos menos avisos…”

¿Qué pasaría si echara su taladro escatológico en las entrañas de Nueva York? Se volvería loco de impotencia. Debajo de esta enorme cristalería que da vida a la ciudad más formidable de la tierra hay una roca dura como el diamante. Sobre ella corrían, inocentes y tal vez menos bárbaros que lo de hoy, los aborígenes Manhattan que cayeron en la celada de vender su alma a los fenicios de turno por unos miserables 24 dólares con los que hoy no comprarían un taparrabos de Calvin Klein.

133

EL PERRO MANCO

Hay en la plaza un perro que es más perro que el resto de los que allí olisquean, retozan o tiran de su dueño. No apunto “más perro”en el devaluado sentido de más hombre. Señalo perro a secas, callejero, común, no desnaturalizado por mezcla de raza alguna, y, no obstante, con una fuerte presencia en el paisaje. Animal de no pasar inadvertido por ser un perro más, sino de ponerse en evidencia por ser un perro más perro que otros. Digo animal que por sortilegio que escapa a la razón muestra ganas de ir más allá de sí mismo, como los místicos, los artistas o las ballenas. En el caso que cuento, un ejemplar que abandona el espacio de la perridad y se pone saltar espontáneamente en nuestro mundo como si fuera el suyo propio.

Tal mi impresión cada vez que topo con él. Desde donde se lo mire (y goce) toda otra característica (siberiano, de policía, de aguas, ovejero, etc.) desaparece ante la fuerza de su simpatía que alcanza lo espectacular sin rozar lo circense. Excepción (o gracia) que a ciertas personas les permite resguardar lo humano, sin que su condición de abogados, contramaestres o ebanistas socave lo principal. De un modo parecido sobresale este perro del montón de perros de la plaza. Por una disposición natural a celebrar lo que pase, por un temperamento a prueba de golpe, hambre o intemperie. Y, visualmente, por una alteración de su cuerpo que lo hace más llamativo todavía: su tracción está reducida a solo tres patas. O más certeramente a tres (en ejercicio) y media (inválida).
El accidente viene de mucho tiempo atrás. Más que manco correspondería decir que es paticorto.

Llegados aquí, el texto se denuncia a sí mismo como un ocioso ejercicio de retórica. Tanto decir bien podía haber sido salvado en el comienzo apuntando lo básico: “Hay en la plaza un perro lisiado”. El rodeo, el rizar el rizo y el buscar en la caja de los matices, viene impuesto por el impacto que me produjo este animal. Serán desvaríos provocados por el verano en Buenos Aires. O el deseo de eludir la historia en la que estamos presos. Cuento lo que viví. La plaza está. Solo hay que agendar la salida del perro.

Acepto que también vale una rotunda frase como “Hay en la plaza un perro lisiado” Aunque dicho así, secamente, informa solo un dato y lo que intento es expresar la emoción que me provoca el acontecimiento. No por compasión. No por su pata faltante, que, por lo demás, es la más fuerte de su dislocada silueta. Hay algo aún más llamativo y expuesto: resulta que este perro sonríe. De par en par. Sea sentado, orinando, corriendo o yendo de persona a persona, lo suyo es sonreír. Es primero un animal sonriente. Luego un manco. Puede que finalmente haya en él un perro. No lo se.

Se que puede resultar chocante asociar perro con sonrisa. Pero ahí está. Tan propia como la de cada cual. Es por ello que la gente se detiene, lo acaricia y comenta su incansable beatitud. Hasta los muy hoscos lo contemplan y parten con media sonrisa de sorpresa en la cara. Es seguro que este perro tiene algo y que ese algo se le pega a la gente que lo ve. Son más las sonrisas que prosiguen el camino que las que vienen viniendo hasta el lugar en el que puede estar el perro. Es como un milagro sin confirmación oficial. Un hecho más. O “un casual”, como dicen algunos.

Pero no. Es el trabajo secreto de un artista. Esta información la obtuve pese al silencio de la muchacha que lo pasea. Ella es amable pero solo responde por señas. No parece ser muda sino una profesional del silencio. A mis preguntas las contesta con armónicos gestos que se hilvanan en el aire, en donde se deshacen sin que pueda antes descubrir su clave. Solo descifro al perro. Su sonrisa no precisa traducción.

Por fin, como decía, pude aclarar una parte (solo una) del misterio. La muchacha que pasea sin palabras es la hija de más renombrado mimo argentino. El perro, un insólito alumno a quien este artista ha conseguido hacerle olvidar su pata perdida enseñándole a vivir sonriendo.

Sería grosero cerrar esta pesquisa con moraleja al uso. Por suerte, no la tiene. Aunque a mi, por momentos, me asaltan ganas de ir y plagiar al fabuloso perro de Angel Elizondo. Abandonar las muchas patas rotas en el bolsón del año ido y no quitarme la sonrisa ni para morir. Espero hacerlo. De no ser así, desde ya autorizo a quien pudiera encontrarme sin ella en cualquier sitio, me lo demande.

0151

LA LECCION DEL ZOO

En la Navidad del 80 recalé en Berlín. Embretado por la nieve y el muro y a la espera de visa, visité su zoo. En el Palacio de los Felinos un grupo de turistas rodeaba a un hombre de blanco a quien sólo faltaba el barbijo, tal su imagen de asepsia. Basaba su éxito en detallar, frente a gigantes bandejas repletas de carne, qué, cómo y cuánto comían el león y los felinos periféricos. Pese a lo simulado del clima y el hábitat, los ejemplares resplandecían en jaulas tan amplias como una sala de estar. Con buen aire, sol pleno, agua cristalina y un piso tapizado con hierba plástica de color selva.

Detrás del personaje se abrían tres puertas de espejado acero a las que me asomé. De un riel colgaban diez medias reses vacunas de primera calidad. El personaje era lo mas lejano de un matarife que pueda imaginarse. Sus ademanes iban de los de un pediatra a los de un estrafalario cicerone de una morgue animal. Cada tanto, saliéndose del rol, interrumpía la información y pasaba su mano por la cabeza de algún niño del grupo interesándose por su nombre.

El cuadro, con él en el centro, fugaba hacia un corredor infinito camino de la abstracción. Por un instante me recordó la geometría de lo cotidiano acumulado con dolor. que tanto me sacudiera en Auschwitz . Ese ácido tufo que retuve por semanas, que asoma cada tanto en la imagen de algún periódico del mundo o en la memoria porque sí.

Didáctico, el herr carnicero extremaba los detalles íntimos de la dieta feroz, mientras rugidos menores estremecían el ocre recinto neoclásico. Una carretilla repleta de identificados trozos de carne, agregaba un punzante toque de pintura flamenca.
En medio del veloz curso sobre zoología de alta sensibilidad, dos asistentes munidos de largos tridentes y palas, y de punta en blanco, iniciaron la kafkiana distribución de los bocados a través de las rejas. La ceremonia de ansiedad y manducación de los variados felinos no desentonaba de la que muestra cualquier local de Mac Donalds a una hora punta o una terminal de ferrocarril en cualquier instante. El insólito festín concluyó y los animales se acomodaron para el ronroneo y su exótica siesta urbana.

Al salir me fue inevitable recordar a la artesana de Varsovia que unos días antes, desesperadamente y mientras quitaba a palmazos la nieve de sus mitones me confesó estar harta de cenar mendrugoss y caldo con Bach, Mozart y Chopin. “Los odio y los cambiaría a los tres por un buen plato caliente cada noche”. Ambas secuencias contenían datos suficientes para medir la dislocada evolución de Occidente y sacar conclusiones. La inevitable simetría de la paradoja estaba allí.

Y continúa: cada día que nos aproxima al siglo 21 suma nuevas. Niños asesinados por hambre en Ruanda y Sudán. O por sexo en Bélgica y Holanda. Aprestos atómicos en India y Pakistán. Mercados de misiles que operan al por mayor y al por menor. El filoso cuestionamiento de Adorno al quehacer poético después de Auschwitz repetido a diario en cualquier ciudad del mundo. Las ideas, los sueños, los esfuerzos por cambiar el sentido de la historia y rescatar a Abel atrapados en nuevas formas de pesadilla.. En el dilema de ser tigre en Berlín o persona en apuros en cualquier lugar del mundo.

Cada tanto, y con mayor frecuencia, los ojos vidriados de los felinos de Berlin atraviesan los años y me miran. Pero es la mujer de Varsovia la que enseguida se pone delante, apaga esos ojos y me habla. La crueldad de la especie no decae. Mamá Africa no deja de sufrir. Kosovo arde. Un misil puede caerle a cualquiera. Por eso el alarido de Munch, la boca cerrada de Beckett. El desespero de Ciorán. La ferocidad ambiente es tal que lleva a veces a desear un posible hospedaje en el zoo.

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BELLA Y DESNUDA

Hacía mucho que la belleza no me sorprendía tanto como hace unos días en la Rural. Ir a esa feria, una vez, cada agosto, responde a un atavismo personal. No hay estancia ni chacra de por medio. Apenas, una milimetrada quinta: la del fondo del palacio imperial de madera y cinc que habité hasta mi juventud, en Berisso. Allí, entre clonados conejos, señoras batarazas y gansos patoteros me nació la afición. Y por no fallarles fue que fui y me topé esta vez con la que resulto ser la pavlova de la porcinidad. O para decirlo de modo terrestre, la chancha mas linda del mundo.

Era uno de los días finales de la muestra, cuando las azafatas declinan su tic robótico y los peones, su entusiasmo por volver. Quedaban aun por subastar animales menores y de pronto sucumbí.. Llegó al remate al compás de la batuta de un peón que con la caña le marcaba en un círculo imaginario la coreografía precisa. Nívea, ensimismada y resuelta, la cerda era un derviche ahondando el interior del bolero de Ravel. Tan bien acicalada (a pura rasqueta, y hasta con toque de gomina) que sus pezuñas despedían estrellitas. La más cabal demostración de cómo la cultura, cuando puede, mejora el rinde de una berenjena o la elegancia de un ciprés.

En su caso, no solo por mera virtud ferial, peso o raza, sino por lo que le venia puesto,transmutado y directo, desde Eva. Como a las mujeres que sobreviven en la memoria de un hombre, a esta chancha la envolvia un halo mayor. La extensión de su gracia. Una continuidad desde el hocico (es grosería llamarlo asi) hasta su rizada cola elevada como un signo de pregunta mas en la puja por el precio final. Con tales atributos, sus cien kilos insinuaban todavia mas su secreta relacion con lo bello. Tambien su prolífica quilla, dos infinitas líneas paralelas de puntos suspensivos a las que hubiera sido de veterinaria vulgaridad llamar ubres. Y punto. De aquí en más todo lo que agregase podría ser usado en mi contra.

Ya mas sereno, creo que lo que tuvo de revelador mi encuentro con la cerda, y lo que me lleva a contarlo, es que por andar deprisa nos perdemos a manos llenas la gloria del mundo. El horror, el mercado, el feismo y la desdicha abruman el cuerpo y el espíritu. Pero hay maneras sanitarias de enfrentarlos. Estar con la piel puesta y el ojo en foco, sin malversar ningún gesto, acto, imagen, palabra o sentimiento que vivamos. Se trata de armar un juego propio, una estrategia de sentido contra la insana repetición de los días. La fábula de los blancos dientes del perro muerto al borde del camino, etcétera, etcétera. Lo cual es posible. Vivir es viajar. Estamos siempre al borde de un camino. Mas en tiempos como estos que se parecen tanto a un perro muerto.

“Sentir que el hecho de vivir es rarísimo, que el hecho de que haya tres dimensiones es raro, que el fuego y el tiempo son rarísimos” proponía Borges, quien sentía “asombro donde otros solo ven una costumbre”. La chancha blanca que descubrí en la Rural le pertenecía a ese asombro. Había abandonado el reino animal para pasar al reino de mi perplejidad. Ese día, hasta verla, no había visto nada. El pico de mufa social me mantenía escorado y miope. Hasta que ella me deslumbró, iniciática, como a Melville su ballena. Con la ventaja de que esta cerda no era imaginaria, sino oriunda de la pampa, a la que, cumpliendo su karma, regresó vendida al mejor postor de esa tarde.

Fueron varios los ávidos que pujaron elevando cifras. No por su belleza, que les paso invisible, sino por sus futuras crías. Seguramente de la mas rancia y alta sociedad porcina. Y por sus jamones póstumos, claro. Ella ni se enteró. En sus giros por la arena se mantuvo secreta y distante. Las orejas con muescas y el lomo sellado con sus números de identificación, daban un aire gitano a su tan solitaria inmensidad.

Como es fácil adivinar, no tallé en la porfía. Me bastó celebrarla tal como la vi. Inolvidable. Jamás la habría humillado comprándola.

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DESTINO DE MANIQUI

Han pasado años y el cuadro alzado sobre la cabecera de mi cama guarda intacto su misterio doble. O quizás cuádruple. o más. Se trata de una foto color ampliada a poco más de un metro cuyo original me vino regalado por una gestión (lo tengo claro) que dispuso el azar hacer por mí. Como fotógrafo novato (dato cierto, todavía lo soy) me fue dado recibir una imagen que no era de este mundo. Sí, la foto ampliada que como decía está hoy sobre mi cama. La única mejor fotografía entre mil y una comunes que tomé como corresponsal. La brevedad de su original fue tal que apenas si parpadeó cinco cortos segundos. La duración de mi temblor pueden medirla por el pudor con que inicio esta crónica.

Lo que llamo milagro (verán que lo es) sucedió una tarde de julio de 1981, durante la boda de la maestra jardinera Diana Spencer y el polista Carlos Windsor.
Fue así: cubría yo ese magno casorio junto a Silvina Lanús y Ana Barón Supervielle. Nos habían apostado allí 15 días antes y sobraba tiempo para el éxtasis personal. Sacar fotos, por ejemplo. Una tarde venía yo cámara en ristre (Nikkon, rollo de 400 asas, garuando) en medio del gentío que iba hacia Hyde Park. Esa noche mil fuegos de artificio sostenidos por Haendel rasgarían el cielo en honor a los novios. Faltaban tres días para el Día. Así, al garete fue que la travesura del azar me detuvo (y retuvo) ante los escaparates de la tienda “Liberty”. Como tantos, ellos daban su último toque al homenaje alusivo. En su caso, viejos retratos de la monarquía al lado de manequins tocados con la ropa top de la casa. Esa escenografía encapsulada de vestidos, cuadros y vidrieristas descalzas, me atrapó. El ajetreo, entre teatral y obsceno ofrecía más de lo que se veía. Y me quedé a esperarlo.

Y vino: ocurrió cuando la empleada inclinó hacia el retrato de un noble del siglo 18 a un mannequin desnudo. Sin advertirlo, su brazo unía lo imposible armando una pareja de contrarios. Intuí lo milagroso reinante, y gatillé. Cuando bajé mi camara pude ver todavía cómo se desvanecía la visión. Lo insinuado se disolvía en la fugacidad. Apenas parpadeó un segundo en la realidad del mundo: el que necesitó la vidrierista para evaluar el conjunto, desarmar la composición y optar por otra. El fugaz fotograma resultó perturbador. Sólo pedía que esa súbita visita de la gracia descansara en mi cámara.
Como un avaro guardé el rollo para revelarlo en Madrid. Cuando me lo entregaron dupliqué la emoción: no sólo había capturado a esa dispar pareja sino que ( salvo un reflejo del cristal) la foto permitía la máxima ampliación. La pedí de 1.10 por 80, la enmarqué y como si fuera un trofeo estético, lleva años en mi cuarto, cuida mis sueños y sorprende
a mis amigos. Sin conocer su origen, cada uno interpreta a su manera al arcaico noble y se deslumbran por la blanca belleza de la muchacha tocada con peluca oscura. Tambien les intriga esa mano de ella que por la posición que adoptan da la sensación de ser de él. Ambos ocupan el espacio, no el tiempo. El es acartonado, artificial. Ella, elegante, sugestiva, mórbida. Es el amor del agua y el aceite. Los une , apenas, la rara circunstancia. El acatamiento al absurdo. Un insólito protocolo visual. Todos coinciden en que se trata de una pintura moderna.

Yo (privadamente, hasta ahora) venía creyendo otra cosa: que se trata del retrato más oculto de Carlos y de Diana. No registrado por ningún fotógrafo ni pintor sino por el pincel del destino. Quizás porque durante aquellos días del Londres del 81, el chisme plebeyo insistía
en la poca amalgama de los novios. Se hablaba con mucha sorna (y hasta desprecio) de él y con simpatía absoluta de ella. En los círculos periodísticos, igual. Lo que pude saber esos días me proponía mucho más la imagen que el azar había formado en el escaparate de Liberty que la idílica que empapelaba la ciudad como el afiche del amor más estelar del siglo. Pocos veranos más tarde el realismo cotidiano habría de echar mucho hielo sobre la pompa y circunstancia de esa boda. Y años después, el gran teatro del mundo suspendería el aliento ante el paseo final de la princesa.

El destino de la Prisionera de Gales (como ella solía ironizar) prueba que la humanidad avanza en círculos y que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Cambia sólo la cáscara formal. Da lo mismo ser decapitada por un bloque de cemento en un túnel de París que por el hacha del verdugo en la torre de Londres. Ambos métodos son eficaces a la hora de quitar de en medio a una princesa molesta o a una reina enigmática. A la Bolena le fue aplicada la feudal frontalidad del protocolo del siglo 16. A la Spencer, un plan más sibilino. No fue preciso un killer. Ahora se puede morir por imagen. El crimen no requiere el aspaviento de antes. Las pócimas de los Borgia son de párvulo. Basta una telaraña. O el cinismo sutil. Los dos matan distancia, sin huella. Empujada a la intemperie del mundo, una princesa deviene tan frágil como una ardilla perdida en la 9 de Julio. Es cierto que motociclistas con foco y flash la venían acosando. Tambien, que quienes volaban desde mucho antes detrás de la paloma de la casa Spencer, eran los halcones de la casa Windsor. La cetrería, arte de señores feudales y de reyes, esta vez actuó de modo metafórico. Pero igual sirvió para borrar a la paloma del paisaje.

A Ana de Bolena no le estuvo permitido el desplante de manejarse a su antojo tras el cisma. A Diana de Gales tampoco la habrían podido juzgar y ajusticiar con la BBC en las narices y los periodistas ingleses fisgoneando en Palacio. El mal llamado cuento de Hadas terminó en realismo sucio. Hubo, desde el vamos, notoria tirantez entre la Casa Windsor y la Casa Spencer. Oficializada hoy, en que Diana, ya mito, destrona a Carlos y preanuncia “la caída de la casa de Usher”. La de una monarquía de poliuretano que, a diferencia de la española (activa y austera) descuidó su misión hasta terminar siendo el hazmerreir del mundo.Por iniciativa, claro está, de la televisión británica, la primera en
burlarse de los integrantes del casting real al popularizar sus rostros mediante ridículos muñecos de goma. La lucha sin cuartel en el domus real. Las fobias palaciegas. El ejercicio diario de la más profunda banalidad.

Los mitos mutan. A Edipo le sucedió Hamlet. A Icaro, Superman. A la monarquía, la república. Al revulsivo principe de Gales del inicio de este siglo, un envarado sucesor, que dejó perder la alegría mayor que puede tener un hombre: convertir a su mujer en reina. No pudo. No supo. No quiso.

Lo que respiré en ese jubiloso julio de 1981 fue eso: que el pueblo se reía del principe y se embelesaba con la princesa. La fotografía que tomé la tarde de Liberty necesitó tiempo para revelarme su sentido.
Permaneció en el interior de su ambigua belleza hasta que un golpe de dados (una cruel noticia de tránsito) la quitó del negativo.

Ladi Di murió por imagen. Los animistas, los africanos, los árabes, no se dejan tomar una fotografía, robar una imagen. Ella tambien quiso evitarlo por enésima vez. Ahora queda su leyenda abierta en el islote familiar donde reposa. “Se ha roto una muñeca” tituló el impar Manuel Vicent, en El País, de Madrid. Otro colega, Alistair Pearson, del Daily Telegraph, fue más allá. Confirmó mi foto: “Ella fue el maniquí donde nosotros diseñamos nuestros sueños”.

Este mes estuve vigilando la foto. Ganas de aclarar más su sentido. Dudas sobre mi propia interpretación. Temores. Y preguntas. ¿Se borrará la foto? ¿Se pegará un tiro el noble? ¿En que vidriera del cielo recibirán a un maniquí desnudo, fantasma y huérfano de la princesa que lo trajo al mundo?